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Leonardo Guzmán
El tránsito de diciembre a enero llega con la sinfonía completa de lo humano. El clamor por lo infinito, que inspira la religiosidad originaria de la Navidad, convive entre nosotros con la nostalgia, las compras, la francachela y la salida a las vacaciones. Alboroto, estruendo, estrépito.
Pero desde las 10 de la noche se descuelga una pausa sobrecogedora. Los mismos que convertimos a Montevideo en barahúnda porque termina el año, la dejamos vacía y callada… porque llega el Año. Ese sosiego se explica por buenas causas: no hay transporte, los supermercados cerraron y de lo esencial queda lo mínimo. Es lógico que la inmensa mayoría recale en casa, unos pocos se muevan apenas para ir a buscar abuelos o nietos y, por ausencia de destinatarios, se acalle hasta el pedido de los marginados en los semáforos.
Pero cualquiera sea la explicación "objetiva" de esa pausa de todos, lo cierto es que ella refleja un movimiento por el cual el ánimo se recoge en balance y se engrandece en perspectiva. Sustrayéndonos en esos minutos al bullicio, por encima de las urgencias se abren paso los seres queridos que se fueron quedándose, las cicatrices de injusticias, las deudas y los créditos del afecto y los lejanos que tuvimos presentes pero dejamos sin saludar, junto con la respuesta que, ya con vida vivida y desde niveles progresivos de comprensión, vuelven a prometernos los sueños, los ideales y los propósitos.
Allí confluyen en nosotros no sólo los espectros de Ibsen, los arquetipos de Jung y la historicidad moral de Croce, sino, además, una lista inagotable de gratitudes cuya nómina siempre nos quedará trunca, pero también nos confluye la lista, también abierta e incompleta, de los rostros conocidos y desconocidos en quienes fincamos la esperanza de reencontrar la reciedumbre de libertad personal, rigor lógico y autoexigencia crítica que necesitamos para reconstruir los valores permanentes, los sentimientos, el pensamiento no sólo universitario y la voluntad.
En esa pausa nos reviven los grandes que nos pensaron y nos renace la exigencia de grandeza para enfrentar la adversidad y la estrechez.
Siendo los años la medida solar de lo que dura nuestra terrenal unicidad, ¿qué hay de extraño en que se nos agolpen recuerdos y esperanzas en el tránsito de uno a otro? Y si eso nos palpita a todos y es fuente de alegrías espirituales, ¿por qué relegarlo y callarlo?
Por décadas, nos dejamos atropellar por los objetos y los números. Aparecieron "doctrinas" que, por despreciar lo subjetivo, niegan el valor a los sentimientos y, por elegir mal en la feria mundial de los idearios, construyen el Derecho como técnica social desvinculada de la moral. Hoy sabemos a qué lleva eso.
Los muchos que en el Uruguay vivimos desde la certeza de que la afectividad y el pensamiento debe regir a cada uno en diálogo socrático que busque verdades cada vez más altas, los muchos que no creemos que haya progreso en incorporar palabrotas al lenguaje público ni a la trasmisión del Sodre -salieron por CX-6 ayer 1º, a las 12.30-, debemos sentir el llamado de ese gran silencio que precede al primer día de cada año. Así como en las sinfonías la anacrusa acuna en notas tenues lo fuerte del tema que vendrá, la pausa de nuestras calles mece al nuevo año llamándonos a volcar a raudales los temas que, pase lo que pase, nos unifican como personas y país.
Teje recuerdos y esperanzas: es semilla. Es decir, esquina del instante con lo inmortal.
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