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JORGE ABBONDANZA
Un caso de novela. Como es de dominio público, el asesor financiero Bernard Madoff logró estafar a medio mundo por valor de 50.000 millones de dólares. Lo hizo desde Wall Street con un método sencillo: prometía altos intereses a quien le confiara su dinero, pero pagaba esos dividendos con las nuevas inversiones que iba recibiendo y no con las ganancias producidas por los depósitos anteriores.
De esa calesita -que creció hasta la desmesura- sólo pudo salir confesando su fraude, con lo cual ahora está en prisión domiciliaria bajo fianza de 10 millones de dólares y esperando un juicio que podrá llevarlo a la cárcel.
El episodio confirma la enorme degradación del sistema financiero internacional, en cuya cadena Madoff era apenas un eslabón. Eso permite evocar como antecedente ilustrativo la bancarrota de la empresa Enron, que hace siete años dio la quiebra más grande de la historia por 64.000 millones y arruinó a miles de pequeños ahorristas, sin olvidar la escandalosa velocidad con que algunos especuladores rusos se convirtieron en los mayores multimillonarios del planeta.
Cuando esa burbuja se pinchó bajo la crisis económica que sacude a todas las Bolsas desde hace unos meses, muchas fortunas se desplomaron, algún magnate se suicidó y unas cuantas maniobras colosales quedaron a la vista. En todo caso, la de Madoff es la más espectacular hasta el momento, porque arrastró a celebridades que habían confiado en él, desde Pedro Almodóvar o Elie Wiesel, premio Nobel de la Paz, hasta la poderosa Liliane Bettencourt, dueña de L`Oréal, el realizador Steven Spielberg o el productor cinematográfico Jeffrey Katzenberg, además de bancos europeos (Medici, HSBC, Santander) y universidades norteamericanas (New York, Yeshiva).
Pero en medio de su asombrosa magnitud, el operativo tuvo un sesgo doblemente perverso, porque Madoff no sólo era un destacado miembro de la comunidad judía y un generoso benefactor de muchas instituciones de esa colectividad, sino que por detrás de esa pantalla perjudicó con su estafa a hospitales, centros de enseñanza y empresas judías, así como a fundaciones sionistas y unas cuantas familias de correligionarios.
Ese perfil patológico, que consistió en desplumar a su propia gente, es definido por los analistas como "fraude por afinidad" y demuestra en primera instancia la alienación de Madoff, pero en segunda instancia revela la enfermedad de todo un sistema, en medio del cual Madoff sólo era uno de los muchos agentes del manicomio en que se convirtió el juego bursátil y el manejo de grandes fondos durante estos últimos tiempos.
Resulta muy fácil crucificar a Madoff ahora que ha caído su antifaz, pero es más difícil examinar la profunda corrupción de una maquinaria internacional que permitió maniobrar durante décadas con tan sorprendente comodidad. Como reflejo de un materialismo enloquecedor, todo ese organismo estaba corroído y recién ahora -cuando hasta la industria automovilística norteamericana y japonesa está al borde del colapso- se descubre la gravedad del tumor que lo devoraba.
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