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 Martes 15.12.2009, 09:21 hs l Montevideo, Uruguay
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Enrique Beltrán


Desde el recodo

¿Y el debate?

Enrique Beltrán

Ocurrió lo que sabíamos de antemano que iba a ocurrir. El candidato presidencial del Frente Amplio, ni solo, ni acompañado, se prestaría a debatir en público con el otro candidato. No importaba el requerimiento de la opinión pública, y menos aun que estuviera mejor informada sobre el futuro del país y la suerte de aquellos valores consustanciados con la democracia. Es un episodio más de los tantos que hacen de la farsa y la doblez, ingredientes de la acción del candidato y de su partido, como lo reconociera en esa inesperada irrupción del subconsciente que se tradujo en "como digo una cosa digo la otra". Poco después de las elecciones internas, Laca-lle invitó a su rival a una polémica pública. Pronto vino la dilación y luego el rechazo, aunque envuelto en una contrapropuesta sin precedentes. Consistía que si la discusión fuera entre cuatro, con la presencia de los candidatos a la vicepresidencia, podría haber una base para la controversia. Finalmente ante la evidencia de que se llegaría al acto electoral sin que pudiera haber un cotejo de ideas y planes, la fórmula nacionalista se avino, por poco racional que fuese la solución, a ese debate en cuaterno. Por un lado, permitía encubrir algunas carencias de Mujica, que en un debate mano a mano arriesgaban evidenciarse. Pero por otro lado, podría brindar un mejor conocimiento al ciudadano para emitir conscientemente su voto. Era quizás lo que aquel más temía. Somos muchos los que descontábamos que el debate no se haría, porque sencillamente estaban resueltos a que no se hiciera. Las objeciones, esquives y dilatorias anticipaban el final, pues como lo han demostrado en diversas oportunidades tienen miedo a la luz. Lejos de reconocer que ese era el final por ellos querido desde el principio, inventaron que si no se hacía la controversia pública la culpa era por presuntos agravios del Partido Nacional a raíz del arsenal de Feldman y de sus posibles implicaciones políticas. Lo que parecen olvidarse de pronto y sentirlo como agravio imperdonable, es que años atrás, no demasiados, el hoy candidato presidencial y sus compañeros fueron protagonistas de una desafiante asonada con armas, para impedir la extradición de los etarras dispuesta por la Justicia. Allí se apuntaba violentamente a la embestida contra las instituciones y su Estado de Derecho. No era esta entonces razón valedera para que se enojaran. Si lo fuese, resulta una farsa que la invoquen seriamente quienes a través de sus diferentes voceros, más agravios y falsedades han acumulado desde hace años contra el Partido Nacional. Y contra la historia del país aunque sea la gestora de las libertades de las que ellos disfrutan y que amenazan por distintos medios terminar con ellas .

Todo este episodio es apenas un capítulo más de una callada estrategia que entre sus diversos objetivos tienen tres o cuatro que son fundamentales, aunque naturalmente no se proclamen. Convertir el Estado y el partido en una misma unidad. Así el Estado se hace el primer militante del partido, y este a su vez dueño de aquel. De allí a eternizarse en el poder. Al mismo tiempo se redujo casi hasta la asfixia el contralor de las minorías tanto por las crecientes dificultades para ejercerlo, como por las dilatorias que estiran las investigaciones hasta ver de alcanzar el olvido y con él la impunidad. Si fuera elegido para la Presidencia de la República es de temer que se va caminando a un régimen totalitario. Lo abonan: su pasado, los gobernantes por él admirados en América, su deliberadamente confuso credo y la bien conocida alianza que impuso su candidatura. Lacalle presidente es la comunidad nacional conviviendo en la libertad y la tolerancia. Mujica es una apuesta contra todo eso.

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