Hernán Sorhuet Gelós
Amenos de veinte días de la Conferencia de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático (COP-15) que tendrá lugar en Copenhague, está claro que no se conseguirá un nuevo acuerdo mundial como estaba planificado desde hace tiempo.
A esta altura se considerará un éxito si se logra un documento políticamente vinculante, con declaración de intenciones de los principales responsables del calentamiento global del planeta. No es casualidad el acuerdo alcanzado la semana pasada entre los presidentes Lula y Sarkozy, de comprometerse a reducir sus emisiones en 50% con respecto a las de 1990, para 2050. Este anuncio aumenta la presión en particular sobre EE.UU. y China, por ser hoy las dos naciones más contaminantes con gases de efecto invernadero. Ante este panorama nos preguntamos si tiene sentido todo lo que se gastará para la realización de la COP-15, si ya se sabe que habrá declaraciones y no un nuevo acuerdo jurídicamente vinculante que sustituya al Protocolo de Kioto en 2012.
Aunque se siga desviando la atención de un tema tan importante en diversas direcciones laterales, lo cierto es que el cambio climático es el desafío más fundamental que haya enfrentado la humanidad. Basta considerar que afecta de manera muy peligrosa al régimen hídrico, la dinámica del suelo, la estructura de la biodiversidad, y por lo tanto, pone en riesgo la salud humana, la seguridad alimentaria y provoca migraciones humanas forzadas y masivas. ¿Qué más se necesita saber para tomar el asunto muy en serio?
El punto de inflexión en el cual nos encontramos requiere un protagonismo superior de los líderes actuales. Sabemos que la crisis ambiental instalada empeorará, y que cada día cuenta para tomar las medidas necesarias de mitigación y adaptación al cambio climático.
Reputadas organizaciones especializadas como el Panel Intergubernamental sobre el Cambio Climático, el Centro Hadley de la Oficina Meteorológica británica y el propio Informe "Stern" del Reino Unido, nos dicen que la inacción es mucho más costosa -en todos los órdenes- que la intervención inmediata.
Esta cruda realidad no le da margen a los líderes mundiales para realizar las tradicionales especulaciones en defensa a ultranza de los intereses nacionales y corporativos.
Por lo tanto, Copenhague es un desafío a la inteligencia y responsabilidad humanas. Por eso, el fracaso anunciado de antemano es un serio llamado de alerta que debe tomarse con suma seriedad.
Una vez más la pulseada se centra solamente en los aspectos económicos: cuánto dinero habrá, quién lo aportará y cómo se distribuirá.
Una vez más los mayores costos los pagarán los pueblos más vulnerables y desprotegidos. Pero, a diferencia de otras ocasiones, el carácter global del cambio climático hará sentir a todos los pueblos sus efectos negativos.
El desafío no tiene parangón. Aunque el dinero apareciera -como ocurrió en la reciente crisis financiera- es imprescindible acordar un nuevo modelo de desarrollo, basado en una baja huella de carbono, la eliminación de la pobreza, la reducción del consumo, la globalización de sistemas de producción y tecnologías limpias, y en una nueva ética ambiental. Necesitamos liderazgos firmes, comprometidos y resolutivos.