En una de sus célebres caracterizaciones cómicas, el genial Raimu se dirigía a cuatro personajes diciéndole: "Todo cambia en la naturaleza, todo cambia menos tú. Tú eres el mismo animal de siempre..."
Sin esa gracia -porque el tema no lo merece, ni mucho menos- hace poco más de un lustro, la Ministra de Relaciones Exteriores de España Ana Palacios, se refería a los cultores de la ideología marxista-leninista calificándola como un rosario de ideas zombis.
Así identificaba a los devotos de Lenin, Stalin e imitadores con esos muertos vivos de los que hablan las leyendas haitianas pues, tanto unos como otros deambulan por el planeta como autómatas, sin resignarse a desaparecer.
En efecto, cae el Muro de Berlín, colapsa la URSS, explota la burbuja de su mundo satelital, todo cambia menos la mente esclavizada de los devotos comunistas y afines, inmunes a sus fracasos, a la sentencia de los pueblos y al juicio de la historia.
Siguen siendo los mismos de siempre aunque adoptan otros disfraces y se cubren con otras máscaras: ahora se cobijan bajo formas socialdemócratas y contraen todo tipo de alianzas estratégicas con vista a cualquier elección.
Acallados por el impacto de una realidad que los niega, los viejos dogmas de la lucha de clases, el papel revolucionario de la clase obrera y el partido como vanguardia del proletariado, ceden su lugar a otros íconos: la lucha contra la globalización, contra el neoliberalismo, contra el imperialismo yanqui y, sobre todo en América Latina y el Caribe, cunden el populismo y el indigenismo.
Desconocen, entonces, la vitalidad de las nuevas fuerzas que se asocian a la moderna economía de mercado, idealizan un pasado que nunca existió y crean frágiles utopías en torno al surgimiento del llamado hombre nuevo.
Este es, en general, el caldo de cultivo donde se alimentan las distintas corrientes marxistas, tanto las reformistas y moderadas como las partidarias de la violencia revolucionaria, las que eligen el camino de las urnas como las que optan por las armas. De todo ello hay en la viña del Señor...
En nuestro país, han erigido un templo político que se llama Frente Amplio. La antigua colcha de retazos se han transformado en una bolsa de gatos gruñones a medida que se acentúan las diferencias en cuanto a los procedimientos a emplear para llegar o para mantenerse en el poder.
Un dato de la realidad -lamentable desde nuestro punto de vista, obviamente- es que ese conglomerado de partidos, grupos y grupúsculos ha logrado la adhesión de más de la mitad del cuerpo ciudadano.
En las elecciones presidenciales del último domingo del presente mes, estarán en juego, por tanto, no sólo dos personas de relevancia política sino, también, dos modelos de país y dos grupos de partidos tajantemente separados por sus tradiciones respectivas y por el grado de su apoyo a los principios democráticos y republicanos.
Nadie puede tener dudas sobre la posición del Dr. Lacalle y de cuantas personalidades y sectores lo respaldan. En otra parte del espectro político, tampoco se tienen dudas sobre la tendencia ideológica de quienes se agrupan en torno a Mujica.
El pueblo, pues, conoce las diferencias existentes entre los dos presidenciables. No puede llamarse a engaño respecto a los mismos.
Debe elegir, en consecuencia, es decir, debe decidir si sigue el camino claro, indistinto, responsable y coherente del actual representante del Partido Nacional y de sus aliados políticos o si, en cambio, se pronuncia en favor de la incertidumbre, la imprevisibilidad, el estilo inconducente e inapropiado del candidato frenteamplista, a lo que hay que agregar, las sospechas que generan muchos de los que lo apuntalan.
El pueblo, pues, decidirá. Nuestra democracia deberá rendir necesariamente ese examen sobre los antecedentes, experiencia y capacidad de los postulantes a la primera magistratura de la nación y de quienes los acompañan.
Por encima de todo, será sometida a prueba la educación cívica de nuestro pueblo.
A ella corresponderá el mérito o el demérito del voto que se emita.