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 Miércoles 11.11.2009, 01:38 hs l Montevideo, Uruguay
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Julia Rodriguez Larreta


La otra orilla

La caída del muro

Julia Rodríguez Larreta

En marzo del 2007 viajé a Berlín, invitada con motivo de las celebraciones por los 50 años de la Unión Europea. La mañana siguiente a mi llegada, estaba yo parada frente al famoso Check Point Charlie, o mejor dicho, a lo que queda de él. Ese símbolo de la Guerra Fría, que alimentó la inspiración de tantos escritores de novelas de espionaje o películas del mismo género, hoy convertido en un inofensivo y tumultuoso punto de atracción turística.

Algo parecido ocurre con el resto de ese muro de la ingnominia, actualmente desaparecido de la faz de la tierra berlinesa, al punto que según un reciente sondeo, en la actualidad un elevado porcentaje de la juventud, no tiene mayor idea ni de dónde estaba, ni de lo que era.

Es cierto que en estos tiempos es difícil de imaginar la existencia de esta muralla que separó a partir de mediados de 1961, una parte y otra de la ciudad, no a la mitad como uno tiende a pensar, sino en forma serpenteante. Un muro de 3,5 mts de alto y 1,20 de ancho, coronado por alambres de púas, que dividió a las familias, a los amigos a los socios, durante más de dos décadas. Y lo que es peor, que encarceló a toda una población. No solo a la de esta ciudad, porque las alambradas se extendían también tierra adentro, hasta las costas del Báltico y hacia el sur, pues la tiranía comunista solo logró contener la huída constante de la gente, de su mentiroso paraíso, levantando este muro de 43.100 metros. Del cual hoy se puede tener una visión de lo que fue por algún resto que se ha mantenido o gracias a la galería de fotos que se exhiben ahí mismo en la calle, en sitios cercanos a por donde se levantaba la muralla de cemento, potenciada con sendas alambradas de uno y otro lado a una cierta distancia, vigilada por numerosos y elevados puestos de control, donde se apostaban los guardias que dieron muerte a tantos (687 solo en Berlín) de los que aún bajo esas condiciones y desafiando riesgos mortales, intentaban escabullirse hacia Occidente y la libertad.

Mientras Alemania Occidental, dentro de un sistema democrático y capitalista, crecía, mejoraba su producción, avanzaba en ciencia y tecnología, volvía a ser una potencia, elevaba el estándar de vida de su sociedad y dejaba atrás la destrucción y los dolores de la guerra, con gobernantes elegidos en comicios auténticamente libres, en la eufemística República Democrática Alemana, ocurría todo lo contrario.

Bajo las premisas marxistas, con políticas dirigistas y centralistas, aplicadas bajo un gobierno con poder absoluto, la RDA se hallaba estancada. La industria decadente, la poca productividad, la falta de competencia y de libertad de mercado, sólo producían mediocridad, mientras el todopoderoso, en lo que sí se esmeraba era en la vigilancia y la persecución de las personas, premiando y estimulando la delación, como se acostumbra en los despotismos.

Pero finalmente la realidad pudo más. El marxismo "que prometía el paraíso en la tierra, parió veinte dictaduras espantosas y dejó cien millones de muertos" como bien lo dice Alberto Montaner en su columna dominical.

A medida que el régimen empezó a verse carcomido y vacilante, con el premier Eric Honecker destituido por sus pares, la gente se fue haciendo cada vez más audaz en sus reclamos. El 4 noviembre de 1989, 1 millón de personas se juntaron en la Alexanderplatz exigiendo el poder viajar y el día 9, el comité central del Partido Socialista Unificado, anunció un cierto reglamento que permitiría pasar por cualquier puerto fronterizo. Ello bastó para que la gente se lanzara enloquecida a la calle y de pronto, unos y otros, con sus propias manos, armados con lo que fuera, comenzaron a derribar el aborrecido paredón. Su destrucción fue también la de la "cortina de hierro" soviética y el fin de ese proceso histórico comenzado en 1917, con la revolución rusa.

Sin embargo, en algunos países latinoamericanos, a pesar del fracaso de esas teorías y de esos gobiernos, la prédica izquierdista, curiosamente, se ha revigorizado.

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