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 Miércoles 21.10.2009, 12:24 hs l Montevideo, Uruguay
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Enrique Beltrán


Desde el recodo

Usted decide

Enrique Beltrán

Nuestro pueblo definirá en las urnas cuál es el país que quiere: el de los odios o el del diálogo; el del exclusivismo mesiánico, o el del esfuerzo para mejor integrarnos; el que poco cree en el Derecho y lo atropella si le ha venido en gana, o el que a lo largo de su historia procuró afianzarlo con sacrificio, devoción y talento; el del cerco que se estrecha sobre nuestras libertades o el que busca consolidarlas y ensancharlas; el país que recién nació cuando el Frente llegó al poder -como parecen proclamarlo más de una vez- o el que es hijo de una historia, que de generación, en generación, fue indeclinable lucha por alcanzar una patria libre, y convivir en ella en la libertad, la justicia y la tolerancia.

Le corresponderá a la fórmula presidencial, integrada por los doctores Lacalle y Larrañaga, asumir la responsabilidad de evitar que el destino de nuestro país y el de nuestra gente quede librado al azar de un nutrido bolillero. Esa sería la suerte que correrían a juzgar por las actitudes, las declaraciones contradictorias, y a veces las apologías del macaneo de José Mujica. Peor es aún, si ese torrencial palabrerío no es reflejo de la desorientación del personaje, sino el envoltorio de un propósito bien definido, que no se evidencia antes de las elecciones, porque quizás, conduciría a una segura derrota. Ese callado objetivo sería la experiencia de los regímenes que han encogido sus libertades hasta la asfixia y ensanchado sus arbitrariedades, tanto para atropellar los derechos de la persona, como perpetuarse en el poder y allí quedar el tiempo que puedan. La constituyente que estaba en su primera plataforma electoral pareció a apuntar a ese objetivo. Se la dejó discretamente en las sombras, a la espera de los resultados de las urnas. Apuestan a ese camino, entre otros: el pasado de Mujica, el de integrantes de su sector, la solidaria compañía del partido comunista, la camaradería de Chávez que bien ayuda a sus amigos, y la de los Kirchner, visitados, aunque no hayan cesado sus atropellos al país.

En el dilatado panorama de nuestras elecciones nunca supe, hasta hace bien poco, de un candidato presidencial que en plena campaña, se le haya caído una suerte de mordaza sugerida por sus propios compañeros, para así bloquear su torrentosa locuacidad, gestora de aquello tan suyo "que digo una cosa como digo la otra". Esta censura previa no arregla el problema. Habría que esperar que llegase al Poder, para recién descifrar, cuando ya es tarde, si era hija de su desorientación sobre el rumbo a tomar, o era la forma de ocultar un viejo objetivo que poco difiere del que trajera los vientos totalitarios que alentó con las armas. Si estaba dispuesto a "abrazarse con las culebras" para llegar al poder ¿por qué no abrazarse con la mentira y la farsa y el disfraz con ese propósito?

Por tanto tiempo esos sectores del oficialismo pusieron la mirada, las ideas, los héroes, los ídolos y hasta los aprendizajes afuera del país, que les invadió el desconcierto y la bronca por esa terquedad de los blancos de no morirse, y que al cabo de más de ciento setenta años es capaz de erigirse en tan renovadora como victoriosa. El otro partido tradicional, nuestro tenaz adversario a lo largo de la historia, también está demostrando que revive, más allá de sus últimos contrastes. Largos y apasionados han sido nuestros enfrentamientos. No obstante, coincidimos en la defensa de valores esenciales que hacen a la libertad, la justicia y a la plena vigencia del Estado de Derecho tan arraigados al destino del país, como a su perfil nacional.

La primera apuesta en las urnas para el futuro del país es conservar y enriquecer esos valores y derrotar a las sombras que los quieran saquear.

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