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 Viernes 16.10.2009, 21:03 hs l Montevideo, Uruguay
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Enrique Beltrán


Desde el recodo

No a la timba

Enrique Beltrán

Cuanto más se complica su chance para alcanzar el poder, más nervios ha ido acumulando el candidato presidencial del oficialismo, José Mujica. Después del último libro sobre su personalidad y sus ideas, fue llamado desde su fuerza política, a cerrar el grifo de su verborragia.

Del aluvión de sus declaraciones, algunas fueron recogidas por diversos medios de comunicación. Así se divulgó una pequeña antología del disparate y de las contradicciones, así como inesperadas embestidas contra algunos de sus compañeros de aquí y del otro lado del río.

Con frecuencia Mujica ha olvidado el sabio consejo de la cautela, por lo que debió resignarse a un corralito para su desmelenada locuacidad. Tal vez se encuentre allí la explicación para algunos de los enojos que asomaron en sus últimas intervenciones. Eso justamente ocurre cuando hasta se había disfrazado de una suerte de ideólogo del centro, en ese jugar a las esquinitas en el que se ha hecho experto.

Aunque sabe bien cual es la suya, que poco difiere de la que ocupan dos de sus amigos preferidos, verborrágicos como él, llámense Chávez o Fidel Castro, con más de medio siglo de poder.

Esta vez su furia se desencadenó contra los ciudadanos uruguayos que no tienen aún definido su voto. Contra ellos disparó la rica batería de sus agravios tales como "giles" o "cobardes" y algunas otras lindezas parecidas.

Si no tienen el coraje de votar al Pepe más vale tirar el voto al mar. Más o menos ese ha sido uno de los mandamientos de su elevada docencia cívica, tan respetuosa como se ve, de la voluntad del votante y de su tiempo para decidir su voto.

El tiempo de las decisiones de miles de ciudadanos no es el que quiere el impaciente candidato, que pretende disponer de la voluntad de esos votantes como de cosa propia.

Si no logra sus propósitos, asoma, en cambio, una mentalidad iracunda, que se cree mesiánica, y que se esconde tras las bromas, las risitas, la chabacanería.

Poco se advierte así, salvo en sus estallidos, esa riña con los valores del pluralismo y de la tolerancia que son de la esencia de los regímenes democráticos.

Pese a su ocultamiento, los objetivos finales que se persiguen, han ido asomando a lo largo de este quinquenio, entre otros: la incesante erosión del Estado de Derecho y el creciente debilitamiento de la conciencia de comunidad nacional.

Para que no haya duda de que quieren terminar con aquel, así como encoger la otra a solo la mentalidad socialista, he ahí que más allá de sus divisiones, disputas y rechazos, sus distintos sectores empujan a Mujica para la presidencia.

Saben, no obstante, que más allá de sus disfraces ahí está el hombre que ha demostrado con las armas co-mo ha de embestirse contra aquellos dos objetivos. Hay una razón que los dinamiza en medio de sus rivalidades y por encima de la montaña de irregularidades de este quinquenio: no perder el Poder.

Unos por el desesperado apego a él, otros, para que no se abra la ventana que la dejen ver. Es así entonces que pese a las "estupideces" que dice Mujica según la definición presidencial, es el titular de este tan alto cargo que, violando la Constitución, es militante de primera fila, en el pleito electoral.

La desesperación frentista es tal, que se mendiga ayuda a gobiernos extranjeros aunque nos agravien. De ahí las visitas al binomio argentino. En un retroceso "progresista" de más de un siglo, se erige al Estado en un desembozado caudillo del oficialismo, y se completa con estallidos de indignación cuando la prensa informa de irregularidades que estaban en las sombras.

Más de medio Uruguay, con la vibrante presencia del Partido Nacional, evitará que la suerte del país, de su gente y de sus libertades, se juegue a la caprichosa timba de lo que va a hacer "quien dice una cosa como dice la otra".

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