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 Viernes 09.10.2009, 04:47 hs l Montevideo, Uruguay
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Enrique Beltrán


Desde el recodo

Desespero

Enrique Beltrán

Muchos son los síntomas de que el oficialismo se desespera ante la posibilidad de la derrota. Por supuesto que es siempre un hecho doloroso para quien la padece, más, si es inesperada, y mucho más aún, si los vencidos pretenden arrogarse aires mesiánicos. Se trata de una eventualidad que es de esencia en la dinámica democrática, por lo que ganar o perder son contingencias propias del sistema.

El proceso en torno al sufragio se ha ido perfeccionando insistentemente, para que el pronunciamiento del ciudadano en las urnas se realice en las condiciones que mejor aseguren su independencia. De manera tal que prime en la soledad del cuarto secreto el auténtico sentir de quien emite el voto. No el que se pretende captar por la vía del temor, de la dádiva, de la amenaza. La urna es el altar del civismo y ahí, en última instancia, deben ser el ciudadano y su propia conciencia los únicos protagonistas. Para buena parte de esos logros, larga es nuestra historia de sacrificios, heroísmo, de amor a la libertad y a la dignidad de nuestro pueblo, co-mo para no respe-tar tan preciado legado.

No parece que esa sea, sin embargo, la concepción actual del oficialismo en torno al sufragio y sus garantías. Para conjurar la derrota, que por momentos asoma en el horizonte, atropella sin vacilar valores y garantías del Estado de Derecho. Esa conducta vuelve a exhibir un refrenado subconsciente, casi para gritarnos, que gran parte del partido de gobierno en nada estima todo ello. Curiosamente se muestran abrazados y confundidos para esa empresa el Presidente de la República, cuando cree que se puede encajonar por un rato la Constitución y su juramento, hasta el candidato que proclamó co-mo lema aquel tan tranquilizador de "como digo una cosa, digo la otra". Quedó de costado para esa empresa común, las "estupideces" que uno le reprochó al otro, aunque no creo hayan quedado en el camino, sino que sigue cargada sobre los hombros.

Tomando ejemplo de algunas autocracias, el propio Estado se ha encogido, por más desmesurado que sea, para así actuar como el afiliado más eficaz del partido de gobierno y en su militante más activo en el proceso electoral. Buena parte de diversos servicios públicos se han empeñado en costosas campañas publicitarias que apuntan hacia las urnas, y hacia un partido, utilizando recursos que son de todos. En ese panorama del desborde oficialista no podía faltar la hinchazón burocrática, imparable en su crecimiento, que atropella con déficits y leyes. Como poco falta en ese cuadro de la desesperación debe agregarse la ma-no tendida al gobierno argentino, visitado por la fórmula presidencial oficialista hace poco tiempo, para que desde allí les vuelva a dar alguna mano en la contienda electoral como ocurrió en las elecciones pasadas. Poco importa si continúan desde allí los agravios al país, ni que el embajador argentino haga pública militancia a favor del partido de gobierno, en un rasgo de insolencia, y en una lamentable claudicación del oficialismo para con la dignidad nacional.

Mientras se desesperan ante el riesgo de su derrota y vuelcan todo el peso del Estado, así como astillas de la Constitución y de la ley para evitarlo, cuidan de hacer más hermético el funcionamiento del gobierno para que no asome nada del montón de irregularidades que se acomodan en las sombras. Las que salen a luz, vegetan hasta que llegue el olvido. Otras son elocuentes testimonios de lo que ocurriría si se descorriera el espeso cortinado.

En el correr de pocos días se han registrado algunos episodios que lo que tienen de más asombroso, además de lo asombroso que llevan adentro, es que como forúnculos, solos reventaron, mostrando su purulento contenido. Uno de ellos fue Antel con la simulación de delito, las amenazas ficticias, el funcionario trucho en las altas dignidades, los familiares de algún director prolijamente convertido en funcionarios de la institución, más algunas suntuosas contrataciones, y callados etcéteras.

El otro episodio que solo abrió sus maduros forúnculos fue el del hospital Maciel con los decenas de miles de horas facturadas y no trabajadas y con la carta de la ministra del ramo exaltando la experiencia y sugiriendo extenderla. Se dan cuenta porque la desesperación por la derrota es no solo por el Poder que se deja, sino por la cortina que se descorre, y hasta por los olores que se refugian detrás de ella.

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