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ÁLVARO CASAL
Venezuela compra cada vez más armas. Rusas, últimamente, pero también en otros países. Suecia, por ejemplo. Entretanto, los colombianos han encontrado algunos de estos elementos en manos de las FARC y por ende también se equipan. Como lo hacen tantos otros en este mundo agitado.
No hay nada nuevo bajo el sol. Es parte de la tan mentada y repetida carrera armamentista que siempre aflora aquí, allá y acullá. Animada acrecidamente por interesantes personajes: los traficantes de armas. Señores a menudo dotados de una fuerza sicológica importante, ya que suelen estar dotados para hacer esto: una vez que le venden armas a un país, viajan a la nación vecina y le advierten sobre eso, pero recordando que le pueden suministrar equipos excelentes para contrarrestar lo adquirido. Y viceversa. Indefinidamente.
Curiosamente, el mundo cambia en muchos sentidos, pero esta gente mantiene su perfil a través de los tiempos.
En una cárcel de Bangkok, hace meses que se encuentra preso un señor llamado Víctor Bout. No está muy preocupado, ya que espera su pronta liberación puesto que no cree que su actividad merezca condena alguna. Esto, a pesar de que se le acusa de haber vendido armas que vigorizaron algunos de los peores conflictos de los últimos años. Desde África hasta América, donde le habría vendido instrumentos de muerte a los terroristas de las FARC. Pero nada hizo en perjuicio de Tailandia y allí, diplomáticos rusos se preocuparon por su situación. Además, tiene clientes muy encumbrados, como el líder libio Muammar Gaddafi.
Un hombre de 42 años que aunque nació en Tajikistan ha exhibido hasta cinco pasaportes distintos, utilizando varios alias. Empezó con una empresita de transporte aéreo que en poco tiempo pasó de llevar flores a portar armas, municiones y diamantes.
Un hombre de nuestro tiempo, se dirá. Sin embargo, en cierta forma evoca al personaje de la obra de Bernard Shaw "Major Barbara". Personaje que a su vez estuvo inspirado en Basil Zaharoff, el más famoso traficante de armas de la historia.
De origen griego, nacido en Turquía y en realidad llamado Basileos Zacharias, hablaba fluidamente 14 idiomas y llegó a ser uno de los hombres más ricos del mundo, ganándose un famoso seudónimo: "mercader de la muerte". Porque en realidad no hizo gran fortuna hasta que se dedicó a vender armas al mejor postor. Comenzando como agente de ventas para el área balcánica del armamentista sueco Nordenfelt, puede decirse que su trampolín a la riqueza fue el instante en que Nordenfelt se asoció con el inventor de la ametralladora automática, Hiram Maxim. Allí fue que a Zaharoff lo nombraron representante para toda Europa de esta máquina mortal.
En 1895, cuando la compañía inglesa Vickers adquirió la Nordenfelt-Maxim, Zaharoff pasó a ser el más importante vendedor de armas del mundo. Llegó a recibir un título nobiliario británico y las más altas condecoraciones francesas. Murió en 1936, presumiblemente en Argentina.
Las armas pueden hasta tener su lado poético, como lo demostró la oda de Rudyard Kipling a la metralleta Gatling. Y evidentemente siempre hubo y habrá oportunidades para los vendedores de armas, llámense Zaharoff, Víctor Bout o…
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