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Hernán Sorhuet Gelós
Se agota el tiempo. Las naciones del mundo deben tomar decisiones rápidas y comprometidas si pretenden evitar pérdidas enormes de todo tipo.
En diciembre se reunirán en Copenhague para tratar de acordar los nuevos compromisos de reducción de emisiones de gases de efecto invernadero (GEI) que regirán después de finalizado el Protocolo de Kioto (2012).
Sobresalen dos grandes problemas. El primero es muy grave. La superficie del planeta se está calentando. Desde hace un tiempo, los más calificados científicos de todo el mundo, reunidos en el Panel Intergubernamental del Cambio Climático (IPCC), advierten que si la humanidad no realiza una reducción significativa de la emisión de GEI, las consecuencias serán muy graves para todos los países.
Recomiendan que sea de entre 25% y 45% para 2020, y de 80% para 2050. Por su parte del secretario general de la ONU, Ban Ki-Moon días atrás alertó que si no se llega a un acuerdo global para combatir el cambio climático, el Ártico podría quedarse sin hielo para 2030.
El segundo es muy preocupante. Los principales responsables del problema -que se viene acumulando desde la Revolución Industrial- no están dispuestos a asumir plenamente los costos que implica alcanzar esas metas. De hacerlo afectaría sus economías y su competitividad. Lo irónico es que si se cumplen las proyecciones de IPCC, sus pérdidas y daños serán mucho mayores.
El grupo G20 está discutiendo el tema. En su próxima reunión deberían dejar sentadas las bases del acuerdo principal de la cumbre de diciembre. Pero, no será nada fácil conseguir un buen acuerdo porque las naciones desarrolladas le están exigiendo a las economías emergentes que asuman un compromiso similar de reducción de emisiones.
Pero países como China, India, México o Indonesia no están dispuestos a aceptar condicionamientos que pongan en peligro sus actuales procesos de desarrollo, también basado en el consumo de combustibles fósiles.
Su principal argumento es que el calentamiento global que nos amenaza, es el resultado de más de un siglo de emisiones sin control alguno, realizado por los países industrializados. Además, es una de las razones por las cuales alcanzaron esa situación de prosperidad. Si ellos provocaron el problema, ellos deben solucionarlo.
Mientras se juegan estas peligrosas pulseadas, el problema continúa creciendo. La paradoja es que si no logramos una solución satisfactoria, la noche caerá para todos.
Para hallar soluciones profundas al problema hay que atacarlo en tres frentes: detener la deforestación de los bosques naturales, reducir sensiblemente el uso de combustibles fósiles y modificar modalidades de consumo basados en el derroche y en lo superfluo.
Vamos camino a superar los 7.000 millones de habitantes en el planeta. Según las reglas de juego actuales, todos tienen derecho a vivir como el mejor. Pero no es posible pues el planeta es finito.
Esta amenazante realidad obliga a tomar decisiones valientes y comprometidas con el futuro de la humanidad. Los gobiernos enfrentan un momento histórico, porque de sus decisiones dependerá en buena medida, la habitabilidad del planeta para las próximas generaciones.
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