A mediados del siglo IV a.C. un ciudadano de Efeso, llamado Eróstrato, incendió el templo de Artemisa (una de las siete maravillas del mundo antiguo) en esa ciudad helénica, impulsado por su enfermiza tendencia a conseguir notoriedad por cualquier medio. Desde entonces, erostratismo ha pasado a ser en todas las lenguas occidentales, un vocablo equivalente a tratar de vincular el nombre de alguien con algún hecho que, por su trascendencia y gravitación, salga de los moldes corrientes y, por lo tanto, garantice al actor del mismo la notoriedad a la que se hacía referencia.
Quien crea que nuestro Presidente es proclive a tomar ese camino no estará equivocado del todo en su presunción.
Al comienzo de su mandato, en efecto, el Dr. Tabaré Vázquez anunció (o prometió o amenazó) crear vientos de reforma tan impetuosos que, a no dudarlo, harían temblar hasta las raíces de los árboles...
¿Alguien sintió esos vientos que, supuestamente, iban a cambiar radicalmente las bases de nuestra sociedad?
Luego de un quinquenio de quietismo e inoperancia -con la excepción que confirma la regla: el revolucionario Plan Ceibal, aplicación del proyecto del norteamericano Nicholas Negroponte- llega a su término el gobierno frenteamplista. Pues bien ¿qué es lo que se le ocurre al presidente Vázquez al expirar su mandato?
Pues algo que no tiene nada que ver con el "Uruguay productivo", tan soñado por sus acólitos, ni con las necesidades reales de nuestro país ni con los desafíos que le crea la globalización y la competitividad casi salvaje de nuestro tiempo.
Se le ocurre el proyecto de trasladar los restos del prócer José Gervasio Artigas desde el severo Mausoleo donde actualmente se encuentran hasta el Palacio Estévez, futuro Palacio Independencia, futuro Museo Artigas.
El Dr. Vázquez, al querer trasladar los restos del Prócer, no incurre en el sacrilegio de Eróstrato, que incendia el templo de Artemisa, pero ofende la sensibilidad patriótica de la gran mayoría del pueblo uruguayo e, incluso, despierta su indignación.
Este lamentable episodio, que aún está pendiente de una resolución parlamentaria definitiva, debería servir de lección a todos los gobernantes, presentes y futuros.
El poder, como se sabe, despierta la tentación de resolver por sí y ante sí y, sobre todo, proceder de esta manera -como en el caso de los restos mortales del fundador de nuestra nacionalidad-, para asociar el nombre de quien lo ejerce con el de alguna personalidad que ya está incorporada a las páginas más ilustres de nuestra historia.
No es fácil desprenderse de esa tentación o de superarla mediante el recurso de despersonalizar la iniciativa gracias al logro de un consenso con las instituciones más directamente involucradas en el asunto o con personalidades afines.
Es lo que no ha hecho el Dr. Vázquez, cosa que lamentamos.
El erostratismo, cuando se practica a escala individual, generalmente conduce al delito o al abuso de funciones.
Pero cuando se es primer mandatario de una nación el peligro que se corre es aún mayor por cuanto, en sus manos, está el destino de sus conciudadanos, de sus símbolos y de sus emblemas.
Y se vuelve alarmante cuando se es el dirigente casi indiscutido de un sector político que tiene mayoría absoluta en ambas ramas del Parlamento.
En tal situación, se puede hacer cualquier cosa, para bien o para mal, por omisión o por comisión.
Se puede, si se quisiera, conseguir la reelección indefinida o proceder, como todavía se pretende, a desplazar los restos de Artigas de su Mausoleo -junto a su monumento y en medio de las 33 palmeras que evocan a los 33 Orientales y su gesta- hacia un museo, convertidos en un objeto más de la curiosidad pública y turística pero carente de la munificencia que la nacionalidad que fundó le da a su eterna presencia entre nosotros.
Todavía se está a tiempo para que predominen la cordura y el sentido común, la humildad y el respeto al sentir de la comunidad nacional y la veneración que merece nuestro Prócer.