Juan MartÍn Posadas
Durante esta campaña electoral el término polarización ha ocupado mucho lugar. Existe, sin embargo, considerable confusión al respecto; eso ha favorecido el nacimiento de dudas y temores. Polarización, en su acepción literal, significa dos polos de atracción que se repelen entre sí. Trasladado al terreno de la política se interpreta como dos posturas extremas y contradictorias. Y hoy evoca a Lacalle y Mujica.
Mientras se jugaban las internas mucha gente pensó que hubiera sido mejor evitar la polarización; se anticiparon tremendos choques y la siembra de una situación futura de bloqueo político.
Si reconocemos la confusión que envuelve ese concepto, el esfuerzo por clarificarla ayudará a desarmar temores y conjurar negros presagios.
Que en nuestro país existan hoy dos posiciones políticas netas, contrarias y ambas con fuerte respaldo popular no es un invento ni un slogan. Pero no son esas dos candidaturas lo que divide al país: es el país dividido que produce esas candidaturas. Ese es el asunto. Claro que una cosa es no ver la realidad y otra cosa es atizarla con la perversa esperanza de provocar una ventaja electoral.
El Uruguay está dividido. Penosamente dividido. No es una división congénita sino adquirida. Esa división tiene una versión política. Pero polarización no es sinónimo de intransigencia. Ni en el diccionario ni en una gestión política inteligente. Las convicciones fuertes, arraigadas, no conllevan necesariamente a la intolerancia y el totalitarismo. A nuestro país -que está como está- puede que no le haga mal que haya posturas políticas netas, siempre y cuando ambas acepten que la lógica esencial de la política es radicalmente distintas (y mejor) que la lógica militar. La lógica política es encontrar articulaciones: la lógica militar es provocar una capitulación.
La mejor política no es la que lleva a diluir las posiciones diferentes hasta llegar a una especie de papilla informe que coloca (o descoloca) al ciudadano en una situación en que dé lo mismo votar por uno o por el otro. Cuando los partidos políticos no saben definir lo que quieren, o quieren una sola cosa que es obtener el poder, la democracia corre peligro de abaratamiento y decadencia. Las elecciones que se avecinan nos van a dar la posibilidad de elegir y eso, lejos de ser un peligro, puede ser bueno.
Pero después de las elecciones el país tiene que seguir funcionando: el país dividido y polarizado tiene que funcionar. Ese es el desafío de las democracias maduras y de los dirigentes políticos serios.
¿Cómo esperar de los extremos el necesario acuerdo? Huelga decir que garantías no hay; así es la vida. Pero quien puede más fácilmente ceder es quien no necesita probar nada, quien está por encima de sospechas de debilidad o complacencia, quien ha demostrado mil veces dónde está parado. El que está a medio camino teme arriesgarse a la sospecha de complacencia o debilidad. Si el candidato del Frente hubiera sido Astori éste se habría sentido obligado a sacar pecho, hacerse el malo, agredir (lo está haciendo ahora) porque necesita aventar sospechas ante los suyos. La paz la pactan siempre los halcones. El Uruguay, como todas las repúblicas nuevas, se hizo en los revolcones de luchas internas. Quienes históricamente hicieron la paz fueron los fuertes, los que, en ambos bandos, no precisaban demostrar nada porque eran claros, definidos y netos.
La confrontación, si es franca, no debe asustar. La unidad que esta patria nuestra reclama es posible. Todavía. Ojalá.