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Sábado 15.08.2009, 02:27 hs l Montevideo, Uruguay
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Enrique Beltrán


Desde el recodo

Lo que vendrá

Enrique Beltrán

Desde filas del oficialismo se suele tratar de decadentes a los partidos tradicionales, y en especial al Partido Nacional, porque tan cerca está de la victoria. Es un acto de desesperada audacia el que desde techado de vidrio tan frágil, se pretenda arrojar piedras sobre las colectividades políticas vinculadas a la vida y a la historia del país y a la forja tanto de su independencia, como de sus libertades. Ocurre que esos bienes no son debidamente valorados por buena parte de los sectores que lo integran, por lo que no es de extrañar que su candidato presidencial proclame liderazgos fuera del país, ni que en plena democracia se haya embestido contra las instituciones y todavía con el adoctrinamiento y armas de la tiranía cubana. Ni tampoco que se hayan ido borrando las fechas patrias, para erigir como única la del nacimiento de Artigas. Inclusive ésta ha quedado eclipsada por "el Nunca Más", leyenda que se la adjuntó al recuerdo del prócer, aunque poco tuviera que ver con él. Inicialmente esa frase presidencial apuntaba, según se dijo, al repudio de las dos caras de la violencia: la de los tupas y la de la dictadura. La primera se esfumó del sentido de la leyenda, como una callada disculpa a sus robos y a sus crímenes. No obstante, su soberbia proclama la decadencia del Partido Nacional, por lo que es bueno recordarles que muchas veces, a lo largo de sus ciento ochenta y tres años de vida, ese diagnóstico se repitió en muchas encrucijadas, en las que algunos creyeron que terminaban con su presencia. Desaparecieron quienes lo hicieron, y la vieja colectividad histórica ha seguido tan presente, que pudo ser victoriosa al cabo de noventa y tres años de llanura. Las derrotas que suelen desfibrar, llenar de reproches, alimentar las huidas, tentar a los oteadores del mero éxito al abandono del barco, las conoció a lo largo de casi un siglo, y en ellas asumió a veces el rostro del martirio de Paysandú, o el de la muerte del Jefe idolatrado, cuando asomaba la victoria en los campos de Masoller. Esa admirable vitalidad no podría exhibirse si la vieja colectividad histórica no hubiese procurado identificarse siempre con la dignidad de su nación y la libertad de su pueblo. En estas elecciones, que tal vez como ninguna en su historia están más en juego estos dos grandes valores, es cuando mejor renace la juvenil presencia del viejo partido. Eso es lo que vuelve a proclamar la realidad de hoy. Allí está un oficialismo ensoberbecido, de cerrado exclusivismo, dueño de la administración, de las mayorías parlamentarias regimentadas, que sistemáticamente se opone a las comisiones investigadoras vedando el derecho de las minorías al contralor de la gestión pública. Más de una vez el propio presidente de la República se ha llevado por delante la Constitución, como cuando milita en la lucha electoral a pesar de la terminante prohibición de la Carta. Si todo eso fuera poco, proyectan si triunfasen, una constituyente de la que no se dice el para qué. Es lógico pensar que si se calla el propósito, es porque es inconfesable. A pesar de su encierro y la falta de claridad en que suele desenvolverse buena parte de la acción del partido de gobierno, son tantos los desbarajustes que aparecen cuando un fugaz rayo de luz se proyecta en cualquiera de sus rincones, que deja en evidencia cuán oscuro sería el cuadro, si se descorre el espeso cortinado que tan agarrado se tiene. Las graves irregularidades se prolongan y repiten cansinamente sin que medie iniciativa oficial para terminar con ellas. Si alguna asoma, es frecuentemente para encubrir o dilatar responsabilidades por serias que emerjan. Si todo eso fuera poco para dar vuelta la página, lo sería de sobra, el despejar las sombras sobre las libertades en peligro.

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