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Ruben Loza Aguerrebere
Sir Isaiah Berlin es uno de los mayores pensadores de nuestro tiempo. El juicio pertenece al escritor Mario Vargas Llosa, quien, además, sostiene que en razón del desconocimiento de la obra de este ilustre pensador, nuestra América Latina es tan poco liberal. Como ha escrito el ensayista francés Guy Sorman, el maestro Berlin creó una disciplina: la historia de las ideas.
Nacido en Riga hace cien años, emigró a Gran Bretaña en 1919, falleció en 1997. Tras haberse vinculado profundamente en el seno de la cultura inglesa, Isaiah Berlin terminó convirtiéndose en uno de los principales representantes de la llamada "Escuela de Oxford". En consecuencia, formó a varias generaciones.
La obra entera de Berlin está orientada a buscar, por el dédalo de las ideologías, el camino de la libertad. Así ocurre, por ejemplo, en las páginas de sus "Impresiones personales". Y bien, en este celebrado libro, que es tributo a la inteligencia, uno de los capítulos más extensos está destinado a describir, de manera minuciosa, la situación de los intelectuales rusos, a los que conoció directamente en Moscú, estando en la Embajada Británica.
Entre las personalidades que frecuentó se encontraban Boris Pasternak (el autor de "El doctor Zhivago"), Anna Ajmátova, Ossip Mandelstam e Isaac Bábel, los pintores Roerich Somov y Kandinski, y productores como Eisenstein y Pudovkin. Con entusiasmo, escribe Berlin: "Había mucha interfertilización entre novelistas, poetas, pintores, críticos historiadores, hombres de ciencia, y esto creó una cultura de insólita vitalidad". Y agrega, con dolor: "era demasiado bueno para que durara".
La ortodoxia marxista logró aplastar las condiciones para que se pudiera crear libremente. Con el crítico Averbaj a la cabeza -señala Berlin- los marxistas arremetieron con todo aquello que fue descrito como individualista, formalista y esteticista. Se consideraba que esas corrientes estaban a la zaga de Occidente y, en consecuencia, se exigió un arte proletario colectivista. Stalin decidió poner punto final a las escaramuzas político/literarias, considerándolas como una "simple pérdida de tiempo", y, en consecuencia, creó la "Unión de Escritores", la que pasó a regentear la actividad literaria. Algunos lo aceptaron, otros sintieron que la tutela del Estado los silenciaba, y no faltaron los jubilosos.
Luego, llegó el horror. Veamos. El poeta Mayakovsky, cuyo prestigio era similar al de Gorki, se suicidó en 1930. Escribe Sir Berlin: "Poco después, Meyerhold, Mandelstam, Bábel, Pilniak, el crítico D.S. Mirsky, los poetas georgianos Yashvili y Tabidze -pa-ra mencionar sólo algunos de los más conocidos-, fueron arrestados y muertos". En 1941 se suicidó la poetisa Mariana Tsvetaevá, quien conoció el rechazo y fue condenada al ostracismo.
Recuerda Berlin que los relatos más obsesionantes de la vida de la "intelligentisia", durante ese período de muertes, figura en las memorias de Mandelstam y de Lidia Chocovkaya y, por cierto, en el poema "Requiem", de Anna Ajmátova.
¿Cómo fue posible esconder esta terrible realidad? ¿Có-mo fue negada y desmentida, condenando a quienes la ponían en evidencia? Hoy, finalmente, todos sabemos qué sucedió allá. Pero fue Sir Isaiah Berlin, el primero en divulgarlo, encabezando así, al decir de Revel, su cruzada de higiene civilizadora.
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