Juan Martín Posadas
Dicen los entendidos que los artículos de opinión firmados por un periodista tienen mayor credibilidad relativa que los que firma un político; la suspicacia de un propósito de llevar agua a su molino es menor en el periodista. En este diario aparece con regularidad una columna firmada por el periodista Gerardo Sotelo: la del martes 28 se titulaba "Mutis".
Se queja Sotelo de las patologías que afectan el funcionamiento del Estado uruguayo. Menciona al clientelismo político en el ingreso a la función pública y agrega que ha habido un generalizado "mutis" sobre el asunto de parte de los partidos políticos. El País del día siguiente, miércoles 29, da cuenta del crecimiento del número de empleados públicos en este gobierno, incluyendo 300 ingresos sólo en Presidencia.
Sotelo hace hincapié en la reforma del Estado y afirma que esa transformación, definida por el Dr. Vázquez como la madre de todas las reformas, "quedará para otra oportunidad, si es que tiene otra su fuerza política, porque lo realizado en la materia ha sido tan tímido que resulta llamativo". Lo más interesante es que Sotelo no vacila en apuntar dónde reside la dificultad mayor en cualquier intento de reforma del Estado. Dice así: "Lidiar con las cuestiones de fondo del gasto (público) y el ingreso a la función pública supone enfrentarse a los poderosos gremios de empleados estatales y a las propias maquinarias partidarias".
El freno a la voracidad de las maquinarias partidarias había sido aplicado en la década del 90, cuando aquel gobierno cerró por ley el ingreso al cargo público (derogado en este período). Pero el punto álgido de toda la cuestión, la tranca más grande y más permanente a la reforma del Estado, está en los gremios de las dependencias del Estado y de las empresas públicas. No es fácil encontrarle una solución.
La población queda de rehén ante las medidas de fuerza de esos gremios y por ese motivo los gobiernos ceden y conceden. El ciudadano común, que no tiene arte ni parte en el conflicto, no encuentra modo de defenderse de pagar el precio que se le descarga encima. Paga porque si no le cortan el servicio y paga luego el aumento. ¿Qué pueden hacer? ¿Organizar campañas de opinión? Difícil y costoso.
Pero hay algo que se puede hacer. Los dirigentes de esos gremios del Estado están identificados con distintos partidos y sectores del Frente Amplio. Si los uruguayos dejan de votar a los partidos comprometidos con esas dirigencias gremiales esto empezará a preocupar a esos partidos y los dirigentes políticos harían moderar a los gremios. Mientras esos partidos tengan a esas dirigencias gremiales como aliados y junta votos no los van a tocar: cuando empiecen a notar que, por sus exigencias egoístas y su desconsideración con la población se hacen antipáticos y piantavotos, de aliados van a pasar a ser un problema para esos partidos. El ciudadano, también en esto, se defiende con el voto: no tiene otra manera de incidir sino castigando a los partidos que apoyan e intercambian favores con los dirigentes de gremios que abusan de su posición.
Finalmente Sotelo se pregunta sobre algún plan para "transformar esa catástrofe que se conoce como Universidad de la República". Pues bien: todo Uruguay sabe que hay ámbitos donde la izquierda es la fuerza hegemónica. La Universidad -que es autónoma- es uno de ellos. A quien únicamente cabe pedirle cuentas por la catástrofe es a la izquierda y a la Universidad. En Brasil hablar claro se dice "dar nome aos bois".