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Domingo 26.07.2009, 16:12 hs l Montevideo, Uruguay
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Enrique Beltrán


Desde el recodo

Desespero

Enrique Beltrán

Los nervios que provocan al Frente la creciente perspectiva de una derrota, han desplazado la idea de que el gobierno era cosa de su propiedad, cosa a la que no se resignan, y entonces buscan los medios, más cuestionables y violatorios de la Constitución, para ver de alejar lo que para ellos es una pesadilla y para el país una gran oleada de esperanza. Llegaron al Poder por la voluntad popular expresada en las urnas, en el clima de libertad y de respeto ganado por la acción de los partidos tradicionales y por un sólido entramado jurídico, que asegura tanto la limpieza del acto electoral, como el acatamiento a sus decisiones. Ese camino de convivencia cívica y de civilización política, herencia de un pasado, que no obstante quieren borrar, fue tomado por el sector más numeroso del oficialismo, sólo después que fracasaron las intentonas criminales para imponer su gobierno. Buenas dudas dejan sobre lo que ocurriría a estos procedimientos democráticos, si quienes tanto los despreciaron, como para sustituirlos por la violencia, llegaran al Poder. Nadie ha hablado más que el candidato presidencial José Mujica que día a día nos ha hecho llegar su zigzagueante pensamiento, sin que hayamos tenido la suerte de escuchar, en ese torrente de palabras que abarcaron los temas más variados, el esbozo de un arrepentimiento. Sin embargo, alguna de las iniciativas que impulsan él y su partido, que tienen gran importancia y gravedad, como es, entre otras, la convocatoria a una Asamblea Nacional Constituyente, es acompañada de un cuidadoso silencio en torno a las reformas que quieren impulsar con ella. Contrasta aquella locuacidad dispersa e imparable, con el empecinado mutismo que acompaña esa propuesta, que hace nada menos que a las propias instituciones del país y a los derechos y libertades de las personas. Es claro que traducen la voluntad de ocultar lo que se proponen. Probablemente, porque de adelantar sus intenciones, el afán de perpetuarse en el poder, aparezca con demasiada crudeza y sería peligroso exhibirlo en vísperas electorales. Si una cosa ha quedado como una evidencia que rompe los ojos, es que ante la cada vez más probable derrota cívica, el partido de gobierno no ha vacilado en echar mano a todos los recursos, legítimos algunos, ilegítimos, los más, para ver de torcer la voluntad popular a expresarse en las urnas. En esa línea se inscribe el desesperado llamado al gobierno para que asuma una presencia de militancia activa en el pleito electoral sin que importe que se desvirtúe las funciones del poder, cuando se convierte de pronto en la más importante sucursal del partido. En los años que he vivido que son muchos, no recuerdo haber conocido alguna convocatoria parecida para reclamar al gobierno que se constituya en un comité partidario y actúe como tal, para ver de ganar unas elecciones que las sienten perdidas. Completando ese cuadro, el Presidente de la República, en una regresión de un siglo atrás, deja dormido su juramento y olvidada la Constitución, y también se pliega a esa empresa que es hija de la derrota en ciernes, y en algunos de sus sectores, hija también de sus viejos amores totalitarios. El candidato presidencial del Partido Nacional, Dr. Lacalle en el homenaje a su abuelo, señaló el tremendo retroceso cívico impuesto por estos progresistas: "Vamos a tener que enfrentarnos no sólo a una fuerza política, sino por primera vez en decenas de años al enrolamiento del aparato gubernativo ostensible públicamente dedicado a ver de ganar las elecciones". La embestida es desesperada. Aunque les pese, el Partido Nacional hará honor a su nombre, a su historia y a su Patria esperanzada.

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