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Leonardo Guzmán
Rodrigo y Rodrigo no fueron ejecutados: los asesinaron.
No los victimó la violencia: los segaron dos crímenes.
Que no los cometió la sociedad: se los identifique o no, los autores tienen nombre, apellido y responsabilidad.
Y que no estremecen a la sociedad sino a las personas que, una a una, afirmamos en la conciencia derechos, deberes y garantías por encima de nuestro interés.
Aún sin haberse dado nunca en torno al básquetbol, los homicidios del viernes en torno a la cancha de Aguada no constituyen un caso aislado. Se inscriben en un cuadro de inseguridad que golpea a todos; y mucho más a quienes no pueden pagar seguridad privada para que no les roben los championes. Se recortan sobre repetidos desnaturalizados que atentan sexualmente contra adolescentes, niños y aun lactantes. Se potencian en la proliferación de la pasta base.
¿Crisis? No. Decadencia.
El mal de las patotas nos viene de lejos. Por algo, ya en 1952 se aumentó -ley 11.824- un tercio las penas si participan "tres o más personas" en delitos sin ser "indispensable la pluralidad de agentes". El grupo envalentona a los débiles, impulsándolos en barra a lo que no harían solos: les baja los frenos y genera un microclima similar al de la psicología de masas estudiada por Gustave Le Bon.
Pero así como es vieja la patota, es nuevo esto de que sus efectos se hayan multiplicado a medida que declinó el cultivo de lo personal y pasó a embotarse la sensibilidad, obturarse el diálogo íntimo e idolatrar lo colectivo por sobre la conciencia individual. En el lenguaje de moda, los crímenes dejaron de ser actos repugnantes para constituirse en "fenómenos de criminalidad". En vez de sentir rebeldía por las vidas tronchadas a cuchillo y bala, descendemos a aceptar "lo que se nos presenta" -que eso quiere decir "fenómeno"- replegándonos a medir estadísticas y oír explicaciones, en vez de plantar radicalmente la exigencia de normas que guarezcan a todos.
A esa parálisis han contribuido las mitologías que reducen al hombre a meros apetitos, que detrás de cada ideal creen ver una miseria y que, por negar la capacidad humana de trascender, enseñan a conformarse con el proceso social. Lo cual llena espacios, pero no colma la avidez de valores que nos distingue en la escala zoológica.
Por eso ayer, a contramano de frío y lluvia, sin pancartas gremiales y sin banderas partidarias, del Liceo Héctor Miranda -nombre del lúcido historiador de las Instrucciones, que siguen mandándonos- y del Club Atlético Aguada -institución con raíces- salieron al Ministerio del Interior dos manifestaciones de un civismo espontáneo, que renació de los intersticios del voto que el alma pronuncia.
Y se oyó a las tías de las víctimas, al liceo, al barrio y al país entero, desde un luto que, por ser de la familia y la cultura, es luto del Derecho.
No reclamó seguridad "la población", expresión degradada con que nos motejaba la dictadura y se desliza hasta hoy. Reclamó y clamó la ciudadanía, hecha desde siempre a punta de voluntad, en cuyo verbo radica esencialmente la soberanía de la nación.
Los mártires y la multitud hicieron ya obra duradera: mostraron a qué llevan las teorías pseudocientíficas que estudian al hombre con la indiferencia del entomólogo frente al insecto, las doctrinas que le niegan al Derecho sus raíces afectivas y las costumbres de silencio en que nos sumió la progresiva carencia de lenguaje y fuerza para construir la cultura que nos habíamos prometido.
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