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Martes 12.05.2009, 08:14 hs l Montevideo, Uruguay
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Julia Rodriguez Larreta


La otra orilla

La ley de la selva

Julia Rodríguez Larreta

En general las portadas de las revistas no especializadas como las que acompañan a los diarios algún día de la semana o del mes, suelen ser atractivas a la vista; hermosas mujeres, bellos paisajes, personajes conocidos de la farándula, del arte, del deporte, etc. Buscan atraer al lector con el señuelo de lo estético o lo popular.

Sin embargo, la revista dominical de Clarín de hace dos semanas, extrañamente carecía del anzuelo habitual. Su aspecto producía la reacción contraria y puede que mucha gente, hasta la haya descartado por lo poco atrayente que resultaba. Sin darse cuenta seguramente, de la tremenda carga emocional que traía consigo, ese mosaico de decenas de fotos tipo carnet, de cuarenta y ocho hombres de variada apariencia y edades. Imágenes que representaban a algunos de los tantos muertos, no todos ellos, que murieron el año pasado, a manos de delincuentes.

Se ha tornado algo cotidiano desgraciadamente, enterarse por la prensa, cuando no directamente por estar relacionado con la víctima, de que una persona fue atacada por delincuentes, violada, robada, secuestrada, copada en su vivienda, negocio, o asesinada.

Y esa cotidianeidad produce dos efectos opuestos pero vinculados. Sin mayor consciencia de ello, la gente se guarnece en una especie de caparazón de indiferencia que sirve para lograr convivir con ese raudal de nefastas noticias y de igual manera, continuar haciendo su vida. Pero a la vez, existe una sensación de inquietud y de miedo que va minando a la sociedad. Va en aumento la gente que se siente insegura y ve coartada su libertad para ir a trabajar, para hacer sus compras, para salir a pasear, para que los hijos salgan a la calle.

Valentín Amarilla, 56 años, murió después de haber soportado que le robaran su negocio 34 veces. Gabriel Miani murió por defender a su esposa que iba a ser asaltada. A Juan Ignacio Mancuso, 25 años, lo mataron para robarle la moto, a Alcides Barreto, 40 años, por proteger a su sobrino. Ricardo Barrenechea, de 46 años, fue asesinado durante un robo en su casa, a Rodolfo Ramón lo secuestraron y luego lo asesinaron, Leonardo Melissa, 27 años, murió en cumplimiento de su deber. Y la terrible lista continúa y se agiganta cada día. Esta semana, por citar algún caso, un artista plástico reconoció a uno de los delincuentes que hace 15 días lo asaltaron en su casa en un country en el partido de Escobar. No solo lo golpearon y robaron, sino que además violaron a su mujer.

Los roles se han invertido cruelmente y la gente honrada y trabajadora tiene que vivir entre rejas, está atrapada en su casa, porque si sale le roban sus pertenencias y ni siquiera así, está segura de que su vivienda no sea violentada por los criminales, que crecen en audacia, agresión e impunidad, bajo un Estado chocantemente incapaz de cumplir con una de sus funciones primordiales: la seguridad de la población. En el conurbano bonaerense, por ejemplo, desde los noventa ha pasado un ministro de Seguridad por año. De cortes ideológicos tan disímiles como opuestos, aun en gobiernos del mismo tenor político, sin que la situación mejore.

Si bien esa zona se destaca por su gran cantidad de delitos violentos, ciudades como Rosario, Córdoba, Tucumán y Mendoza con sus respectivos suburbios están subiendo en el índice de delitos. Si el gobierno no cumple eficazmente con esta función, los daños para la sociedad son enormes en diferentes sentidos. No solo hay perjuicios económicos, gente que pierde sus bienes, las ganancias de su trabajo, inversiones que no se hacen, empleo que no se crea, sino que se empieza a recorrer un camino de retroceso hacia los tiempos de la ley del más fuerte y la justicia por mano propia. Acaba de quedar libre, el médico marplatense (64), que mató en el living de su casa a un ladrón, luego de afirmar que "era él o yo". No es la primera vez que se conocen hechos de esta naturaleza, sino que crecen de continuo y quien abate al delincuente despierta una inmediata solidaridad de la ciudadanía que responde al estado de ánimo reinante de la población. Algo demasiado similar a lo nuestro, lamentablemente.

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