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Enrique Beltrán
La izquierda jurásica ha quedado congelada en su soberbia mesiánica. Se mantiene encajonada en la ortodoxia marxista sin otras desviaciones que las que se aparentan para mejor deslizar su prédica, para alcanzar su objetivo, que apunta a un régimen totalitario. Es decir allí donde el Estado y el partido que se adueña de él es todo, y la persona humana, si ejerce su libertad, apenas basura que se barre, se pisa, se encierra o se quema. Es aquel que ostenta la presencia autoritaria e insaciable de su Poder en todos los ámbitos de la vida humana. Invoca la justicia, como bandera, pero bajo su sombrío ondear han sido cárceles y crímenes, escuelas de servilismo o de terror, la asfixia de la censura y la delación, el horror a la libertad, las plantas que más han crecido. Se quieren borrar sus huellas aunque siempre terminan por gritar.
Ha podido caminar y progresar en cambio, aquellas fuerzas de izquierda que se consideran una opción electoral sometida al libre pronunciamiento de la ciudadanía, en un ámbito de pluralidad de partidos políticos y dentro de las garantías del Estado de Derecho. Aunque suele ser así en las fuerzas de izquierda más o menos modernas, es llamativo que en muchas de ellas, particularmente en América Latina, siga funcionando cierto tipo de reflejos condicionados que parece traer el eco de un pasado del que estaban distantes y liberados. Pero no siempre ocurre así. Como del subconsciente de la memoria histórica, rezuman la irrupción de una prehistoria caracterizada esencialmente por los vínculos de simpatía o de respeto que todavía subsisten con la izquierda jurásica. Si ésta quiso ser en sus inicios un grito de justicia que tuvo sus mártires y nobles sueños, pronto allí donde se instaló y consolidó fueron sus ofrendas esenciales: la soberbia hasta la demencia, la tiranía que se arrogaba la vacancia de Dios por ella decretada y la de todos los derechos humanos de quienes se le ocurriera. Millones y millones de muertos por el hambre, las cárceles, los fusilamientos, y la asfixia de un régimen donde la libertad del ser humano pronto tomaba sabor a muerte, o a interminable agonía. Esa fue la realidad, de los paraísos prometidos.
Hace decenios, se han llenado las páginas de los horrores de las peores tiranías de la izquierda jurásica, Stalin y sus sucesores, hasta que Gorbachov abrió las trancadas ventanas, Mao y sus continuadores, y los cincuenta años de la Cuba totalitaria. Sin embargo, los voceros de la izquierda presuntamente democrática, por lo menos en estos pagos y en sus alrededores, salieron pocas veces a condenar esos cuadros dantescos. Si alguna vez ocurrió, había también una censura a las fuerzas políticas democráticas, que aunque no viniera al caso, servía para emparejar el rezongo a la arbitrariedad, con el rezongo a la libertad. El caso es que el hoy partido de gobierno, es menos heterogéneo que en su origen. La izquierda que se ha ido imponiendo es la del candidato que aparece mejor posicionado en esa fuerza política, es la que ha estado más cerca y más afín con la izquierda jurásica. Por lo menos fue la que se lanzó a tirar abajo la democracia sin vacilar en lanzar un reguero de violencia, latrocinio y crimen, iniciado en pleno régimen democrático, en plena vigencia de todas las libertades. Querían el ejemplo de la tiranía cubana maestra y proveedora de la estrategia para aquel ataque frontal a la democracia, aunque trajera la dictadura que fue su hija. No creo que hayan abdicado de sus sueños, pero las urnas los sacudirán en un rudo despertar.
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