Jorge Larrañaga
Los tiempos electorales permiten comparar propuestas y lineamientos políticos, que responden en definitiva a proyectos y modelos de sociedad. Y el presente escenario electoral no escapa a esa regla. Las opciones políticas presentan modelos muy distintos de país.
Existe un modelo que responde a una lógica de confrontación y división, anclada en el pasado, cuyas propuestas están cruzadas por visiones ideologizadas, donde la perspectiva de futuro no es más que revivir el pasado.
Ese modelo abreva de la división entre los uruguayos, de contraponer a unos contra otros, etiquetando entre los de izquierda o los de derecha, empresarios o trabajadores, los de Montevideo o los del Interior, recientemente entre patriotas o antipatriotas, todo lo cual conduce a distinguir entre buenos y malos, sin dejar lugar, sin permitir que nos dispongamos unidos, a construir el futuro.
Pero hay otro modelo, que pretende renovar y modernizar al sistema político nacional, no desde una posición de soberbia política, sino justamente lo contrario, buscando restablecer el vínculo entre la política y la gente.
Nuestra propuesta se basa en priorizar el interés nacional, el interés de cada uruguayo, que nos lleve a construir una sociedad de uruguayos, integrada y reconciliada. No podemos seguir prolongando el pasado y postergando el futuro. Debemos y queremos instalar al Uruguay definitivamente en el siglo XXI.
Avanzaremos si tenemos capacidad de unirnos, aún en la diferencia, en la diversidad.
El diferencial del sistema político uruguayo debe estar en construir lazos para enfrentar los únicos adversarios reales: los problemas de la gente.
El gran desafío es construir un país moderno, con igualdad de oportunidades y con justicia social.
Nuestro modelo constituye una convocatoria amplia, a mirar el futuro. No vamos a utilizar ni un minuto en discutir presente contra pasado, porque esa discusión no va a mitigar los problemas de desocupación, de pobreza, de inseguridad, de falta de oportunidades.
Horas de discusión sobre el pasado no sacarán a ninguno de los 2.000 niños que en el área metropolitana viven en situación de calle, no devolverán a sus puestos de trabajo a los que hoy están en seguro de desempleo, no harán sentir más seguros a los uruguayos, no reducirán la inflación, no nos preparará para hacer frente a la crisis financiera, ni harán que los que emigraron retornen o que la cuarta parte de los menores de 29 años que no trabaja ni estudia lo haga.
Pretendemos conducir un proceso de renovación y transformación que parte, no sólo desde lo generacional sino principalmente desde lo ideológico. Tenemos ideas nuevas, para modernizar al Estado y al país, estimulando el progreso desde el esfuerzo personal.
Somos hijos de la cultura del trabajo y no del privilegio, como tantos y tantos uruguayos que diariamente se levantan para ir a trabajar, para ir a estudiar y sin embargo perciben que aquí no hay oportunidades. Ninguna sociedad es tan injusta como aquella que no brinda oportunidades, como aquella que se vuelve estática. Pretendemos otra cosa. Queremos asumir el imperativo de carácter ético de construir una sociedad mejor, donde el mérito, el sacrificio y la excelencia sean recompensados, donde haya premio al que trabaja y es emprendedor.
Queremos impulsar el Uruguay de las oportunidades, que otorgue certezas para los jóvenes y los niños; justicia para los trabajadores y empresarios, dignidad y respeto para los adultos y mayores.
Un país donde la escuela pública y el niño sean el epicentro de las políticas sociales, recobre su presencia como instrumento de integración social y sea orgullo nacional.
Ese modelo de país requiere un Estado que no asfixie la iniciativa privada y la dinámica empresarial, que no sea prescindente frente las urgencias sociales. Un Estado orientador, regulador, garante y cuando se necesite, compensador. Un Estado eficiente, solidario y que esté al servicio de la gente y no la gente al servicio de la burocracia estatal.
Nuestro proyecto pretende superar las falsas dicotomías, los falsos planteos de contradicción. La opción no es libertad o igualdad, no es crecimiento o distribución, no es seguridad o legalidad; Uruguay necesita todo eso.
Un país con un desarrollo que sea nacional e integral, que restablezca equilibrios económicos, humanos y poblacionales.
Y una ciudadanía de derechos y deberes que nos dé un sentido de continuidad, que nos devuelva la identidad como comunidad espiritual.
Nuestra posición en el espectro político favorece la tarea de reconciliación nacional, de zurcido social y político. Podemos generar la gobernabilidad que el país necesita. El Uruguay no resiste 5 años más de enfrentamiento. No podemos seguir con los piquetes mentales, con los "puentes cortados" entre los propios uruguayos.
Nos merecemos un país con mejor educación, salud, seguridad y trabajo para los uruguayos. Estamos comprometidos con este desafío. Queremos ser futuro y esperanza y no pasado y crispación. El legado de la gobernabilidad de Wilson es intemporal. Tenemos las ideas, la fuerza y la credibilidad para concretarlo.