Progresismo auténtico

Pablo Da Silveira

En un discurso pronunciado hace pocos días, el presidente Obama anunció una medida que muchos esperaban: la aprobación de un gran paquete de fondos públicos para mejorar el funcionamiento de la enseñanza en más de 150 distritos escolares que enfrentan dificultades.

Hasta aquí no hay nada sorprendente. No sólo Obama había anunciado esta medida durante la campaña electoral, sino que el apoyo a la enseñanza pública es lo que suele esperarse de un presidente demócrata. No hay que olvidar que cerca del diez por ciento de los miembros de la convención nacional de ese partido pertenecen a los poderosos sindicatos de la enseñanza.

Pero, si bien Obama anunció que va a gastar más, también adelantó que no está dispuesto a hacerlo de cualquier modo. Los recursos complementarios serán utilizados para remunerar a aquellos docentes que consigan mejoras en los niveles de aprendizaje y se comprometan en proyectos de fortalecimiento institucional. Dicho de otro modo: los docentes van a tener que esforzarse para acceder a ese dinero. Más aun: van a tener que competir entre ellos.

No conforme con eso, Obama anunció una política complementaria: aquellos docentes que no consigan resultados mínimamente satisfactorios deberán abandonar la profesión. No son los alumnos quienes deben pagar los costos del fracaso educativo: "Permítanme ser claro. Si un docente recibe una oportunidad, dos oportunidades o tres oportunidades, y aun así no mejora, no hay excusas para que esa persona siga enseñando. (…) Es tiempo de empezar a premiar a los buenos docentes y dejar de fabricar excusas para los malos".

Las declaraciones del presidente Obama constituyen un gesto de valentía política, ya que abren un frente de conflicto con un aliado interno. En EE.UU. como en casi cualquier lado, los gremios docentes tienden a rechazar toda propuesta que implique comparar el desempeño de un docente con otro. Lo que ellos hacen todo el tiempo con sus alumnos no puede hacerse con ellos mismos. Pero eso es justamente lo que propone Obama. Su idea es que, si no se compara, ganan los peores.

Mientras el presidente demócrata enfrenta la crisis económica, la guerra en Afganistán y el desastre de Irak, se hace tiempo para hablar de educación y tomar medidas enérgicas. Esto es un claro indicio de la importancia que asigna al tema. Pero, además, no vacila en reconocer los serios problemas que existen ni tiene miedo a señalar los mecanismos que los generan.

Esta última actitud es la que más diferencia al progresismo de Barack Obama del que se practica aquí. Mientras Obama se declara insatisfecho con el funcionamiento de la enseñanza pública y exige gastar mejor, nuestras autoridades se limitan a festejar el aumento del gasto y a cultivar la autocomplacencia. Mientras tanto, nuestra enseñanza pública sigue derrumbándose. Pero ahora lo hace a mayor costo.

Qué bueno sería que nuestros progresistas admitieran que lo importante no es gastar mucho sino gastar bien. Qué bueno sería que reconocieran el daño que se está causando a miles de alumnos y el enorme esfuerzo que están haciendo los contribuyentes. Qué bueno sería que tomaran medidas lúcidas y valientes, en lugar de entregar el poder a los sindicatos y afirmar que en eso consiste el progresismo.

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