Recientes y olvidados

Leonardo Guzmán

Días atrás un noble médico se preguntaba por qué, en vez de debatir programas curriculares sobre nuestros conflictos recientes, no retomamos la suprema lección de Eduardo J. Couture en "La Comarca y el Mundo", cuando, asombrándose ante los cambios que iba a deparar la tecnología, afirmaba que el Uruguay, en su modestia, tenía para impartir al mundo respeto y tolerancia.

Si eso hiciéramos, agregaba, el Uruguay no soportaría que un Presidente salga a burlarse de sus opositores en plena campaña preelectoral.

Y en verdad, importa lo que en las aulas públicas vaya a contarse como historia reciente, porque es notorio que desde hace años se han instalado versiones que ocultan que primero sufrimos la guerrilla contra la democracia, después vivimos la respuesta institucional y, tras años de enfrentamientos, sobrevino la dictadura. Importa, sí, el riesgo -nada nuevo- de que la enseñanza se use no ya para abrir las mentes sino para cerrarlas hasta hacerlas monocordes.

Pero tanto como eso, y más, debería importar la pérdida que se inflige a las nuevas generaciones al omitir los grandes mensajes de los maestros de los años 30, 50 y aun 80. Cuando los nombres próceres suenan huecos al joven que se topa con ellos en calles ignotas, se produce un daño irreparable, porque afecta la matriz de las ideas llamadas a inspirar su -nuestro- mañana.

Los principales temas que agitaban al mundo atravesaron al Uruguay muchas veces, y otras tantas veces nuestros maestros generaron síntesis propias, cuando no respuestas originales, pensando directamente sobre los problemas, como enseñaba Vaz Ferreira.

¿Se enseñan acaso esa actitud y el ideario que de ella surgió, infinitamente más inspiradores que los dolores provocados por una guerrilla cruenta y unos soldados y un Presidente que traicionaron su juramento institucional? No.

El art. 72 del Texto Magno establece que "La enumeración de derechos, deberes y garantías hecha por la Constitución, no excluye los otros que son inherentes a la personalidad humana o se derivan de la forma republicana de gobierno." Esta regla ubica al hombre en el corazón y a los principios en las arterias de la República. Pero lo mucho que el Uruguay meditó sobre el hombre -desde Mariano Soler a Antonio M. Grompone, Emilio Oribe, Carlos Benvenuto y Arturo Ardao- ¿se trasmite? ¿Se relee a Mas de Ayala o a Wimpi? ¿Se vive la Constitución desde Justino Jiménez de Aréchaga o se permite que la simbolice un gobernante que se envuelve en la bandera?

Y fuera de lo político-institucional, en el ancho mar que va de la poesía a las preguntas básicas sobre el ser y a la religiosidad, ¿cuántas voces tuvimos y hoy se las silencia arrumbándolas en anaqueles sin rescate? ¿Qué se trasmite al pueblo del ardor de Delmira Agustini, la luz de Sara de Ibáñez y el estro de Carlos Sábat Ercasty? ¿Se vive desde su mística? No. Se prefieren las pulsiones primarias de un Carnaval todo-el-año. Constituye un error de lesa historia hacernos nacer en 1970 con una novela de buenos contra malos, ocultando a las nuevas generaciones que el Uruguay estuvo a la cabeza de América desde los albores del siglo XX hasta avanzados los años 60. Y constituye un pecado de desmemoria callar las lecciones de equilibrio que brotan de los ejemplos patricios.

A la salida de cada etapa difícil, el Uruguay recibió lecciones de grandeza.

La que necesita esta década, deberemos propinarla nosotros.

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