JORGE ABBONDANZA
Hubo épocas, como los años 80, en que una iniciativa privada que operaba bajo el rótulo Centro de Estudios Urbanos, fue capaz de despertar en los montevideanos algo que hasta entonces no existía: la conciencia sobre el valor de los bienes patrimoniales y la necesidad de defenderlos, denunciando de paso los atentados edilicios y las demoliciones que los amenazaban. Pero a pesar del apego que el público de esta ciudad ha mostrado por el teatro a lo largo de seis décadas -sobre todo por el movimiento independiente que floreció a fines de los años 40- nunca se logró afianzar una lucha tenaz y organizada en defensa de las salas que Montevideo tuvo y luego perdió.
Eso es consecuencia de la fragilidad de un medio artístico que sólo ha gozado de prestigio en un reducido sector de la población, el que integró la concurrencia teatral durante el curso de tres generaciones, en el seno del cual han circulado como emblemas los nombres de gente de talento merecedora de una larga devoción, aunque al margen de tales núcleos esos nombres no han significado casi nada para una masa de población atenta -eso sí- a los íconos del fútbol, de la política y en todo caso del carnaval.
En buena medida, ese desinterés ha sido hasta hoy un reflejo de la falta de verdaderas apuestas culturales por parte de los sucesivos gobiernos, sean del color, del perfil ideológico o de la índole que sean, entendiendo que tales apuestas existen cuando se apoya a la cultura con fervor, con perseverancia, con generosidad presupuestal, con gente idónea a la cabeza de los emprendimientos, con voluntad política y con una indomable continuidad en los proyectos, en las realizaciones y el financiamiento de los mejores planes.
La falta de una auténtica política cultural ha tenido resultados empobrecedores que están hoy a la vista, con una sala oficial (el Sodre) que ha demorado casi 38 años en reconstruirse a partir de 1971, otro recinto oficial (el Odeón) que nunca se recuperó a partir de su incendio y un espacio municipal (la Sala Verdi) que sigue cerrado desde hace años en un indefinido proceso de restauración.
Pero Montevideo ha perdido además el teatro Artigas (Andes y Colonia), el 18 de Julio (en esa avenida esquina Yaguarón), el Cervantes (Soriano y Convención), el Palacio Salvo (Plaza Independencia), la Alianza Francesa (Soriano y Cuareim), La Máscara (Río Negro y Maldonado), El Galpón (Mercedes y Roxlo), el Universal (Durazno y Barrios Amorin), el San Antonio (Maldonado y Cuareim), Club de Teatro (Rincón y Treinta y Tres), Taller de Teatro (Soriano y Yí), Teatro del Pueblo (Yaguarón y Canelones), Teatro Libre (18 de Julio y Magallanes), Nuevo Teatro Circular (Convención y 18 de Julio), La Candela (21 de Setiembre y Coronel Mora), Teatro Universitario (Juan Lindolfo Cuestas y Cerrito), Nuevo Teatro (Magallanes y Paysandú) y Teatro Uno (Ibicuy y San José). Conviene retener esa lista como prueba del desmayo cultural que nos afecta.