GUSTAVO PENADES
En los últimos meses, se han producido una serie de acontecimientos, protagonizados por ciudadanos, que responden a los ataques de la delincuencia, dando muerte o lesionando a sus agresores. Lo cierto es que se va acentuando un profundo sentimiento de angustia y frustración en relación a la violencia, que llega a todas las capas de la sociedad.
Día a día, se hace más patente que la violencia está instalada en nuestro país y que no hay signos de que ese proceso comience a tener principio de solución. Sus manifestaciones son variadas. Aunque recogen más prensa las rapiñas y los robos, son alarmantes los episodios de violencia doméstica, y las reyertas protagonizadas por jóvenes e hinchas de fútbol.
Al mismo tiempo, la violencia dejó de ser patrimonio de las grandes concentraciones humanas y se manifiesta en todo el territorio nacional.
Si el diagnóstico es de fácil elaboración en tanto basta con asomarse a la calle, mirar la televisión o conversar con familiares, lo verdaderamente complicado es la elaboración de un pronóstico que nos convenza como nación, de que se está en camino de revertir el fenómeno.
Quizás sea esta última afirmación la que debería servir como punto de partida para comenzar a trabajar. Porque de lo que se trata, es de ponernos de acuerdo acerca de una visión de sociedad en que la violencia sea la excepción.
En definitiva, el próximo gobierno y los que lo sucedan, deberán encarar, con el consenso de todas las fuerzas políticas, las medidas que se estime puedan conducir al objetivo anhelado. Claro está que tal proceder conlleva la asunción de compromisos que pasan por la necesidad de que tengamos claro que una sociedad requiere de normas de convivencia que, si se violan, aparejan graves consecuencias.
Por el contrario, desde hace varias décadas, en distintos niveles, ha predominado un discurso para el que, las manifestaciones de violencia social no son más que la expresión de la violencia que genera la organización social burguesa y capitalista. El énfasis se ha puesto en el agresor y no el agredido y se ha creído que, una vez modificada la estructura social, la violencia desaparecería.
Esas ideas se han demostrado equivocadas, entre otras cosas, porque el pregonado cambio de las estructuras sociales propuesto -el socialismo real- se ha derrumbado en todo el Mundo, mostrándose como un camino erróneo en orden al logro de la felicidad colectiva, violador de las libertades individuales y radicalmente enfrentado con la realidad de las cosas.
No obstante ello, dicha prédica sigue permeando en formadores de opinión y en educadores que contribuyen a la reproducción de fenómenos negativos, entre ellos, el de la violencia. No obstante, equivocaría quien supusiera que en la génesis de los comportamientos violentos no se esconden factores económicos. Pero ellos son un componente más en un fenómeno que es multicausal, en que factores culturales, sociales y económicos estarán en mayor o menor proporción presentes.
Hoy, como nación, quizás nuestro mayor desafío sea el que referimos. El asumir que existe un estado de cosas que se va cada día más yendo de las manos y que únicamente actuando en conjunto, contando con objetivos claros y compartidos, se podrá empezar a revertir.