La seca y la política

JUAN MARTÍN POSADAS

La seca ya fue. Eso no quiere decir que, dado que llovió, la seca en cuanto catástrofe natural, desapareció y no existe más. La seca ya fue quiere decir que, aunque haya llovido, todos los efectos dañinos de ese cataclismo natural ya se han producido, ya están instalados. Los daños físicos que produjo la seca no tienen marcha atrás: las siembras que se perdieron, las vacas que se murieron, los litros de leche que no se produjeron…

El costo económico (y anímico) de la seca que ha agobiado al campo y al hombre de campo durante todos estos meses no tiene ni punto de comparación con la, sin duda, desagradable complicación de la pronunciada caída de los precios de los productos del agro. Las dos circunstancias se acoplaron en el tiempo -tremenda fatalidad- pero una, la seca, tiene consecuencias peores que la otra.

Los precios de las commodities que el Uruguay produce y exporta -carne, granos, leche- han caído en picada. Eso es indiscutible. Pero han caído desde una altura inusitada y, en cierto modo, artificial.

Lo que resulta digno de atención en el análisis de la situación es que la caída, por grande que haya sido, ha dejado a casi todos esos precios en un nivel superior al que tenían cuando arrancó el ciclo de locura que los llevó a las nubes. El campo hoy es un emprendimiento económicamente razonable.

Y aquí viene una consideración que es, a mi juicio, esencial al análisis político de la situación. El campo uruguayo (la actividad económica de la agropecuaria) tuvo en pocos años una verdadera revolución. A ello me refería hace un tiempo (El País, 15-VI-08). El campo uruguayo cambió, no es más el que era ayer. Hay zonas y productores individuales aún rezagados pero, en términos generales, el campo hoy es otra cosa.

La transformación del campo uruguayo tiene varias causas y eso será objeto de otro artículo. Pero quiero señalar que el cambio no fue causado por el gobierno. Ninguna política oficial de este gobierno (ni del anterior) se puede atribuir la revolución que ha vivido el campo; lo hizo sólo, con su iniciativa y por sus propias fuerzas.

La revolución no fue el dinero que el campo ganó en los años de los precios de locura: eso es atribuible a los precios que, como se sabe, no se fijan acá. La revolución fue la mejora en la extracción del ganado, el aumento en los procreos, el superior rinde en los cultivos, el lotus rincón, la mejora en litros de leche por hectárea, los puestos de trabajo calificados, la sanidad, etc., etc. Esa ha sido la gran transformación.

Esa revolución, hoy golpeada por la seca, es lo que hay que defender para que no se pierda. Ello será tarea para el año que viene. Este año el gobierno no va a hacer nada (a no ser otra vueltita en helicóptero). No lo hizo antes, menos lo hará ahora, enredado como está en sus problemas electorales y de candidaturas. Lo más que se puede esperar es alguna propuesta burocrático-demagógica. El asunto será para el año que viene con el gobierno que viene.

Los dos pre candidatos blancos tienen una tarea por delante, para ser comenzada desde ya, porque llevará su tiempo de preparación: diseñar una política para la preservación de ese "nuevo" campo uruguayo que sufrió el guascazo de la seca. Quien presente un proyecto mejor y sepa armonizarlo con un discurso global sobre el país habrá demostrado que es mejor candidato.

Aplicarse a este tipo de creatividad es más destacable que discutir sobre quién ocupa el centro del espectro político. ¿No le parece?

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