Andrea Durlacher
Pese a la aparición de la música digital, gratuita, fácil de almacenar y muy accesible, en este siglo están surgiendo nostálgicos seguidores del disco de vinilo. Dicen que la música digital no rescata la parte analógica del sonido, porque no capta con fidelidad los matices de algunos instrumentos. Mientras las ventas de los compacts bajan en nuestro país como a nivel mundial, las de los vinilos suben en todas partes. Los compradores de los viejos discos manifiestan que quieren armar una nueva colección para disfrutar, entre otras cosas, de las grandes tapas. Necesitan tener objetos exclusivos, regresar a la música como un ritual, o al menos, satisfacer su propio romanticismo.
Es cierto que la riqueza espiritual no lleva envases pero, tras la sucesión de archivos gratuitos descargados del último tiempo, aparece la búsqueda de contacto con el objeto. Así, renacen los compradores de vinilos. Pesa el deseo de retomar la incomodidad, el ritual de la compra, el coleccionismo y, para algunos, el esnobismo de pretensiones bohemias.
El sonido digital se impuso; pero no silenció al grupo de nostálgicos compradores de música analógica. Alegan a su favor que el mp3 no capta los matices de las melodías. El sonido proveniente del vinilo tiene, para sus seguidores, una suciedad que rescata con mayor fidelidad lo que transmitían algunos instrumentos, como la guitarra o el piano. Para Neil Young la magia está en las desprolijidades de fondo, que se escuchan en las grabaciones menos pulidas de la música anterior. Y hoy, en Uruguay, varios rescatan ese enfoque.
"Existe el peligro de considerar a la tecnología como una magia, en la magia los procesos para obtener resultados son desconocidos. Siempre hay un momento de dominación, cuando no se conocen los procesos": así justifica Pablo Scagliola, un uruguayo de 24 años, su preferencia por los vinilos. Viene, en parte, de una búsqueda de lo tangible: "Me gusta más el vinilo que el cedé o la música digital, porque necesito darle un espacio particular a las cosas, me parece que mezclar todo en un solo objeto hace que cada actividad pierda peso". Con el vinilo, Pablo siente que puede agregar algo a la obra, porque le pertenece: "Escuchar el disco de pasta es una forma de hacer concreto y personalizar algo muy abstracto, no es lo mismo leer en la computadora que leer una edición que compraste; te vincula con el objeto, lo llenas de papelitos, pasa a ser tuyo, con el disco es igual, es tuyo y así volvés personal algo que es de todos". Juega, también, la ruptura de rutinas y la categorización de ciertos momentos: "No quiero trabajar, ver películas y escuchar música en el mismo aparato. Hay una resaca de las ceremonias y el vinilo es como un altar al que le dedicás toda la atención".
Vinilos y compactos. El negocio de la venta de compacts desciende, no es novedad, por la aparición del mp3 y la oportunidad de bajar música gratis, que no ocupa espacio y varía de acuerdo a la selección personal de cada oyente. En paralelo a la baja en esas ventas, comienzan a subir las de los vinilos (más allá de que los números de venta sean incomparables, este fenómeno es llamativo en la época de la crisis del cedé).
Arsenio Pinocho Acosta es el dueño de Discomoda, una casa que vende música en diferentes formatos, ubicada en Tristán Narvaja. Sobre la venta de vinilos, su primera declaración sorprende: "Lo que más camina es la música tropical nacional". Explica que sucede porque en la música tropical han salido discos de vinilo que no han vuelto ha editarse en otros formatos. Para Arsenio, la venta en este formato se liga al género que el comprador busca: "Para la música clásica y el jazz los clientes suelen pedir compacts".
Románticos o esnobs. Entre los compradores de vinilos, hay muchos coleccionistas que quieren todos los sobres de un mismo disco. Prima la necesidad de poseer algo que los demás no tienen. Arsenio asume que algunos de los compradores pecan de esnobs; pero que la motivación principal es el romanticismo que el uruguayo hereda de los padres.
Serrat, Folklore de América, María Elena Walsh, Cantando a México, Carpenters, Orquesta Militar, Franco Simone, Trini López, Los náufragos: la noción de la música como un bien exclusivo y no recuperable le devuelve valor. Quizá los compradores de vinilo surgen de la necesidad de marcar antagonismo con las personas que rápidamente perdieron la fidelidad por la música como ritual exclusivo. Se manifiesta como deseo de ignorar la "oportunidad": la búsqueda y compra de algo pesado y viejo es una forma de negación a lo accesible y liviano.
La imagen de la música
Para la Real Academia Española la palabra "música" significa: "Sucesión de sonidos modulados para recrear al oído". En las personas, el oído no es el único sentido que participa. La vista, el tacto y hasta el olfato emiten su juicio. Para algunos, el formato de la música no debe ser arbitrario; el equipo que corre por la vía veloz de la música digital trata de falso al oyente de vinilo, de snob. Y a veces tienen razón. En una comunidad que accede libre a la música, quedan los que, motivados por el alma o por la pose, reclaman su sello. El miedo de fondo: si todo es tan liviano, si la música digital no ocupa espacio, quizá tampoco quede sitio para ser. La ley de oferta y demanda ya señala que lo que está al alcance vale poco.
Así, el afán de marcar territorio ya no es cosa de mascotas, y tocar algún objeto cobra poder.
Lo indiscutible: con todo resuelto, pesa la imagen de la música.