Gonzalo Aguirre Ramírez
Por cierto, me refiero al Palacio Legislativo. En él pensamos todos los uruguayos cuando algún compatriota alude a "el palacio". La referencia viene a cuento de lo que sobre él dijo el presidenciable frentista, en un reportaje que se publicó en Búsqueda.
Sus respuestas a los periodistas que lo entrevistaron dan margen para muchas discrepancias, por supuesto. Pero, sobre todo, trasmiten la imagen de un político bien intencionado sí, aunque mucho más cercano a la utopía que a la realidad. Dado a las generalizaciones -erróneas algunas de ellas- y alejado de las soluciones de los problemas concretos. Quizás porque no concibe aquéllas, quizás porque de éstos tiene una percepción confusa. O ninguna percepción.
Expresó Mujica que su imagen ha cambiado. Que es "El Pepe" y no ya el ex tupamaro identificado por sus dos apellidos, en razón de su exposición pública en el Parlamento, lo que "tiene que ver" con lo que éste "significa como ámbito, como caja de resonancia". Y agregó: "Es algo por donde pasa toda la sociedad" (rectifico: la representación legítima de toda la sociedad). "Es amortiguador, es punto de contacto, punto de referencia. Me parece que los que hicieron el Palacio Legislativo, (colorados y blancos, acoto), que querían lograr toda esa imagen, lo lograron".
Voy por partes. Que el Parlamento es amortiguador y punto de contacto -a veces, de encuentro-, entre políticos que, a partir del trabajo en común y del debate más o menos civilizado, aprenden que el otro no es un enemigo sino un adversario político, puede tener parte de la razón. Y, en ocasiones, la tiene.
Reconocerá Mujica, sin embargo, que la coalición a que pertenece, titular de la mayoría absoluta en ambas Cámaras, la ha utilizado casi despóticamente, anulando así una de las virtudes del quehacer parlamentario. Ha escuchado poco a las otras bancadas, ha desestimado sus razones y sus propuestas y ha aprobado a tambor batiente leyes muy importantes, impidiendo su estudio concienzudo en las comisiones y reduciendo los debates a meros trámites homologatorio. Ello, entre otras consecuencias negativas, aparejó la sanción de leyes jurídicamente muy imperfectas y hasta disparatados. Así lo señalaron el Colegio de Abogados y catedráticos de la Facultad de Derecho. Y paso a la imagen que con éxito lograron trasmitir quienes, entre 1906 y 1925, hicieron construir nuestro espléndido Palacio Legislativo. ¿Cuál era y cuál debe ser esa imagen? La de que el Poder que allí tiene su sede es el símbolo de una verdadera democracia, desde que en él toman asiento todos los representantes del pueblo, de su mayoría y de sus minorías. Y que cumplan, dentro de sus venerables muros y en sus espléndidos recintos, la tarea augusta de sancionar las leyes que, dentro del marco constitucional, regulan los aspectos fundamentales de nuestra vida en sociedad.
El Palacio es magnificente, tal como fue concebido, porque magnífica es la tarea que en él debe cumplirse. Cuando Golda Meir ingresó al gran hemiciclo de la Cámara de Representantes, allá por 1964, sentenció: "Un país que tiene un Parlamento como este, tiene que ser una gran democracia".
Pero esa imagen, que es necesaria, se menoscaba y se le falta el respeto cuando los legisladores sesionan tomando mate, en mangas de camisa o luciendo melenas enmarañadas. Sin saco y sin corbata. O insultándose con malas palabras. En un palacio, no caben la grosería y la ordinariez. Ni siquiera la informalidad. Lo serio, debe ser serio. Y formal.