ALFONSO LESSA
Si sólo unos años atrás alguien hubiera pronosticado que el Partido Colorado estaría peleando por llegar al 10% de los votos, seguramente pocos lo hubieran creído.
Tres veces gobierno desde el restablecimiento democrático, colectividad históricamente vinculada al Estado, protagonista de la transición, el partido de Batlle y Ordóñez enfrenta hoy el mayúsculo desafío de su propia supervivencia. Pero también -por encima de lo cuantitativo- se juega algo profundo, que hace a la esencia de una de las dos colectividades fundacionales del Uruguay: los colorados se juegan el tipo de partido que tendrán a partir de 2010. Las urnas marcarán en octubre de 2009 cuál será el espacio que le guardará la ciudadanía y su consiguiente protagonismo, al menos para los próximos años. Pero antes, en junio, los votantes decidirán cuál será el Partido Colorado del futuro: porque la confirmación del cómodo triunfo que señalan las encuestas para Pedro Bordaberry, implicaría un cambio de rumbo muy importante. Un triunfo de Luis Hierro reafirmaría el perfil batllista vinculado a la dirigencia tradicional y aún una derrota de este por un margen reducido, dejaría espacio para una colectividad con dos sectores diferenciados y cierto equilibrio. Amorín Batlle, desde una postura distinta, también representa las visiones más tradicionales.
El triunfo amplio de Bordaberry le significaría no sólo la candidatura única, sino también el liderazgo partidario. Y la conducción colorada de los próximos tiempos no es un tema menor: puede resultar significativa en el nuevo gobierno en la medida que su bancada -aún pequeña y lejos de lo que manda su historia- pueda ayudar a formar mayorías estables o coyunturales, si nadie tiene mayoría absoluta propia en el Parlamento.
El Partido Nacional y el Frente Amplio son hoy los partidos mayoritarios y tienen -aún con características y desafíos distintos- un panorama definido y ciertas reglas de juego para 2009 . El Partido Colorado, por el contrario, carece de toda estrategia colectiva y el diálogo entre los principales rivales es casi nulo o directamente inexistente. Su dirigencia actúa como si sus sectores fueran partidos diferentes, apostando todo a junio y esperando, tal vez, que el resultado aporte soluciones mágicas.
A la salida de la dictadura, el general Líber Seregni opinó que el sistema político uruguayo podía evolucionar hacia dos grandes partidos. En aquel momento todo indicaba que Seregni se refería al Frente Amplio y al Partido Colorado. Hubo incluso respuestas duras desde el Partido Nacional.
Hoy la realidad muestra la consolidación de dos colectividades mayoritarias, pero se trata del Partido Nacional y del Frente Amplio, aún cuando ésta es una coalición, diversa, heterogénea y con diferencias internas importantes. El hecho de que esto ocurra en dos elecciones seguidas, como todo indica hoy, constituye un toque de alarma muy grande para los colorados, que en los últimos años no ha logrado mostrarse como una opción para la mayoría del electorado y en particular para los jóvenes, seguramente por su absoluta falta de renovación y también por el desgaste en el ejercicio del gobierno en tiempos complejos.
Pedro Bordaberry es hoy la mayor novedad entre los colorados y aunque no encarne el batllismo, procura resaltar las tradiciones de su partido e incluso se contrapone con los blancos como pocas veces en los últimos tiempos.
El destino de Bordaberry y de los colorados, estará vinculado también a lo que ocurra con los otros partidos y candidatos. Un eventual triunfo de Lacalle en la interna blanca, por ejemplo, podría perjudicar a Bordaberry, en la medida que los dos precandidatos parecen tener una franja de electorado en común.
Todos saben que nadie puede ganar hoy con los colorados y es probable que haya quienes ya estén pensando en una estrategia postelectoral que pase por atribuir a Pedro Bordaberry la responsabilidad de la derrota o de no haber superado determinado porcentaje de votos. Por lo tanto, en principio, el mayor reto de Bordaberry sería el de lograr una elección mejor que la última, pero para eso va a necesitar del auxilio de todo el Partido Colorado, cuestión que hoy parece al menos compleja.
Bordaberry despierta más que resistencia en el tronco tradicional de su partido; genera un fuerte rechazo y es probable que su eventual candidatura después de junio, de concretarse, no reciba el apoyo entusiasta y el trabajo imprescindible de todos los dirigentes que necesita el Partido Colorado en esta coyuntura crítica. Lo mismo, por supuesto, ocurriría con los otros precandidatos colorados. Tal actitud, sería decididamente suicida, porque nunca como ahora una pugna interna, puede poner en duda el futuro de todo el Partido Colorado.