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Aunque nos duela reconocerlo, salvo en momentos históricos excepcionales o en personajes especialísimos, la paz no ha sido nunca una de las preocupaciones fundamentales de los hombres de otros tiempos. "Si quieres la paz, prepárate para la guerra", sentenciaban los antiguos romanos. En el mejor de los casos, la paz era lo que sobrevenía después de la dominación, ya que era concebida como una simple expresión de ésta.
Comenzó a ser una real aspiración de las sociedades cuando se llegó al convencimiento de que la gloria chauvinista, el culto de las armas y la sed de conquista no producían otros dividendos que miseria y dolor, propios y ajenos. Hubo de pasarse por la amarga experiencia de la Primera Guerra Mundial para que el pacifismo -como sistema universal- ocupara un lugar en la conciencia de los hombres, al menos como loable intención. En ese caso, se creyó estar ante la última de las guerras, ilusión que los hechos se encargaron de desmentir rápidamente.
El nuevo y más vasto conflicto -la II G.M.- terminó con la aparición de un arma de destrucción total. Ella fue la causa de que durante casi medio siglo -no obstante la Guerra Fría y las cruentas guerras localizadas, genocidios y guerrillas generalizadas- imperara la paz y cundiera un ferviente deseo por mantenerla. Pero fue la paz del terror atómico. Hubo un tácito consenso para que no se traspasaran ciertos límites, porque, de hacerlo, el mundo entero se sumiría en el holocausto nuclear y no habría, entonces, ni vencidos ni vencedores.
Por primera vez en la historia del hombre, esta posibilidad dejó de ser retórica para transformarse en un vaticinio a escala planetaria. Cada uno de los dos grandes centros de poder respetó el patio trasero del otro, o mejor, no lo enfrentó directamente. La paz universal fue proclamada como objetivo supremo, a pesar de las guerras focales y la carrera armamentista.
Pero nuevos factores asomaban por el horizonte. Uno de ellos, el avance tecnológico y científico, tendía a ampliar el número de miembros del Club Atómico y, por ende, la dispersión de ese fatídico poder. Aparecen muchos otros países que tienen o pueden llegar a tener capacidad para fabricar y transportar cargas nucleares o, en su defecto -¡vaya consuelo!- cargas bacteriológicas y químicas. La relativa garantía de paz que significaba que el poder nuclear estuviera en manos, solamente, de Estados Unidos, la URSS, Gran Bretaña, Francia, China, India e Israel, se debilita aún más si a ese arsenal tienen acceso, por ejemplo, Sudáfrica, Pakistán, los muy conflictivos Corea del Norte, Irak e Irán, amén de algunos países sudamericanos.
Paralelamente, el otro factor gravitante en esta dispersión lo representa la disgregación de la ex Unión Soviética, sustituida por varios centros políticos independientes con capacidad nuclear, poseedores de arsenales atómicos, recursos científicos y humanos. Hoy, más que nunca, el mundo ha visto multiplicarse la posibilidad de ser víctima de un error de cálculo, de un acto demencial, una infeliz comercialización o de cualquier otra forma que haga disparar un misil con carga nuclear y genere una catastrófica y automática represalia. Esta posibilidad se acrecienta si subestimamos la existencia de odios ancestrales que emergen de manera alarmante, de tensiones religiosas y sectaria que nos retrotraen a siglos medievales e, incluso, de fuertes concentraciones de capitales, obtenidos ilícitamente, a disposición de inescrupulosos y de delincuentes que podrían acceder a la posesión de un artefacto de destrucción masiva.
Esta situación nos obliga, moral y pragmáticamente, a bregar por la paz en cuanta ocasión se presente, y a prevenir su quebranto, tanto desde las aulas escolares como desde los organismos internacionales. Dada la proliferación de esas armas y la inseguridad respecto a su eventual posesión por regímenes y por personas o corporaciones indeseables, la paz es más que una virtud humanista una imperiosa necesidad sin la cual la convivencia se haría imposible. Es una necesidad vital, la única garantía que el género humano, y todas las otras formas de vida sobre el planeta Tierra, tendrán en el futuro para asegurar su supervivencia.
Mencionar esta problemática es aludir, inevitablemente, a la valiosa contribución que el Dr. Eduardo Rodríguez Larreta ha hecho a través de su doctrina sobre el paralelismo entre la paz y la democracia, un orgullo para nuestra nación y -¿por qué no decirlo?- para nuestro diario.
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