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Gustavo Penadés
Para los uruguayos y los occidentales en general, el tiempo de las celebraciones de Navidad transcurre como un acontecimiento que tiene por leit motiv la reunión de las familias, ajeno a toda connotación religiosa. Hasta el omnipresente Papá Noel dejó de ser el personaje delgado y vestido con larga túnica que a caballo hacía regalos a los más pobres para dar paso a la marketinera caracterización que, en la década de los 30 del siglo pasado, creo la más famosa empresa de refrescos.
Pero mientras Occidente así procede, en la Tierra Santa las cosas son más complicadas. Si bien los turistas volvieron a acudir en número importante a Belén para celebra el nacimiento de Cristo, el clima que por allí se respira no es de paz.
Por una parte, los cristianos que habitan en la ciudad y en general en Gaza y Cisjordania son hostigados por grupos fundamentalistas que procuran su emigración a otras regiones. Por otro lado, recrudecen los ataques de Hamas contra territorio israelí. En 2008, desde Gaza se lanzaron contra Israel cerca de 3.000 proyectiles y bombas de mortero, que mataron a cuatro personas e hirieron a más de 270. Y, si nos remontamos al 12 de septiembre de 2005, cuando el Premier Sharon decidió la retirada unilateral de Israel de la franja de Gaza, los terroristas lanzaron desde allí contra civiles israelíes más de 6.300 proyectiles y bombas de mortero.
Poblaciones como Siderot sufren el acoso constante de los cohetes que aterrorizan a sus habitantes. Accedimos a declaraciones de un diputado de Hamas que afirma que "dispararemos hacia Siderot y más allá de Siderot, y a lo que está mas allá del más allá de Siderot". Palabras de una gravedad inusitada por lo que significan en relación directa a los que sufrirán los ataques, como en cuanto a la filosofía que inspira a esos dirigentes: ausencia total de voluntad de paz.
Cuando en 2005 comentábamos las acciones emprendidas por Israel, expresamos que una de las eventualidades era que se tomara la decisión como una muestra de debilidad. Que, en lugar de ambientar un mejor relacionamiento, se convirtiera en un aliciente para los grupos terroristas bajo el argumento de que Israel se marchaba de Gaza ante la decidida acción de dichos grupos. Decíamos que se podrían tensar las cosas al extremo de que la población exigiera del gobierno una intervención fuerte para poner fin a los ataques, lo que echaría por tierra todo lo adelantado.
La previsión, lamentablemente, se confirma y, fundamentalmente a partir de que Hamas desplazó a Al Fatah y se hizo del poder en Gaza, comenzó un procedo dialéctico de acción-reacción que llevó a una nueva intervención israelí. En la víspera, Gaza fue duramente atacada por aviones israelíes que arrasaron el territorio palestino. Más allá del legítimo derecho a la defensa, marcó un triunfo para los sectores radicales que visualizan únicamente la finalización del conflicto con la destrucción "del otro".
Es hora de que la comunidad internacional, que tanta energía derrocha en proyectos que poco aportan, se vuelque con decisión para colaborar e impedir que las cosas pasen a extremos incontrolables. Ahora hay un clamor mundial por el cese del fuego, pero también debió existir mucho antes, cuando la víctima era Israel.
Mejor manera de honrar el tiempo de Navidad seguramente no habrá.
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