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MARCELLO FIGUEREDO
No sé. Ya se habrán enterado ustedes, o tal vez no, que el último minuto de este bisiesto y desfalleciente 2008 tendrá un segundo más de la cuenta: 61 latidos, en lugar de los 60 a los que estamos acostumbrados, para subsanar una diferencia entre los relojes atómicos y el tiempo astronómico basado en el eje de rotación de la Tierra, que se ha revelado menos puntual de lo que creímos en la escuela. Parece que la práctica de agregar un tic de tanto en tanto es la habitual para hacer este tipo de ajustes, aunque ahora la comunidad científica mundial está sacudida por una propuesta de la Unión Internacional de Telecomunicaciones, que sugiere sustituir estos segundos extra por una hora adicional cada 600 años. La consecuencia más polémica sería que, con el correr de los siglos, la hora local del célebre meridiano de Greenwich dejaría de usarse como parámetro para ajustar los relojes universales, privilegio que se iría deslizando paulatinamente hacia el Este hasta terminar en París. En palabras del inglés Robert Massey, de la Royal Astronomic Society, el cambio tendría profundas implicaciones culturales, puesto que supondría disociar los relojes de lo que indica el Sol, amén de los elevadísimos costos que deberían enfrentar los astrónomos para adecuar el software de sus telescopios. De todos modos, falta mucho para eso.
Mientras tanto, tenemos por delante un segundo de sobra para despedir el año que acaba. Apenas un tic. O un tac, como ustedes prefieran. Parece la nada, ¿verdad? Pero pensemos dos veces. ¿Cuánto puede suceder en ese fugaz lapso?
Los expertos que defienden la importancia de sincronizar bien los relojes han insistido estos días en que unos segundos de más o de menos pueden, por ejemplo, corromper la exactitud de la navegación satelital. Sin embargo, hasta los simples mortales sabemos que las cosas importantes de la vida se miden en segundos: no hace falta ni un minuto para comprender la mirada o el tono de voz que conllevan una mala noticia; y bastan segundos para detectar la felicidad cuando por fin golpea a nuestra puerta.
El Hombre se ha obsesionado con medir el tiempo desde la noche de sus días, lo que lo llevó a elevar la vista al cielo y prestar atención a las estrellas, el sol y la luna. Relojes y calendarios llegaron más tarde. Hoy no podemos vivir sin ellos, pero no es preciso haber leído a Borges para saber que la vida es corta aunque las horas son tan largas y una oscura maravilla nos acecha. Mirado en perspectiva, todo es cuestión de segundos: nacimiento y muerte, dicha y desdicha, hola y adiós.
Pensemos en eso cuando suenen las doce campanadas que habrán de clausurar este año y abrir paso al siguiente. Abracémonos por un instante a nuestros mejores deseos y no olvidemos el valor nada despreciable que tiene cada segundo. ¿Qué otra cosa, a fin de cuentas, es nuestro brevísimo paso por la infinita y eterna materia que constituye el tiempo? Entonces no lo desaprovechemos. Feliz 2009. Y hasta pronto.
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