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Pablo Da Silveira
Aunque todavía no se haya puesto en práctica, el cogobierno docente en ANEP ha pasado a formar parte de nuestro paisaje educativo. La novedad se produjo hace un par de semanas, cuando una parte de la bancada oficialista aprobó una nueva Ley de Educación en la más absoluta soledad política.
¿Qué consecuencias podemos esperar de esta innovación si llegara a aplicarse en los próximos años? La respuesta está en las obras de un economista que analizó el tema en detalle: "Si la autoridad de la que depende el docente está en manos de una corporación de la que él mismo es miembro, y que está mayoritariamente integrada por personas que son o deberían ser docentes, es muy probable que todos hagan causa común para ser permisivos entre sí: cada uno aceptará que su vecino desatienda su deber, siempre y cuando pueda desatender el suyo".
Esta dinámica de pérdida de exigencia no obedece a ninguna perversión de los docentes sino a una inclinación muy humana: "El interés de cada persona consiste en vivir lo mejor que pueda. Y si sus ingresos van a ser los mismos, ya sea que cumpla o no con un deber muy trabajoso, estará ciertamente en su interés (al menos, tal como se lo entiende vulgarmente) o bien incumplirlo, o bien cumplirlo del modo más descuidado y negligente que acepte la autoridad a la que esté sometido".
Estas afirmaciones no son usadas para justificar un régimen de terror ni para abolir toda forma de participación democrática. Más modestamente, el autor las utiliza para recomendar soluciones institucionales que no pongan a nuestros deberes en abierta contradicción con nuestros intereses inmediatos. Si cada día hay que elegir entre el camino del deber y otros menos exigentes, sólo una inmensa fuerza moral nos hará optar siempre por lo primero.
Pero los seres humanos estamos lejos de la perfección moral. Por eso, al diseñar las instituciones que van a gobernarnos es bueno que hagamos como Ulises, que se hizo atar al mástil para escuchar el canto de las sirenas: debemos establecer mecanismos que neutralicen nuestros impulsos menos admirables y que alienten nuestros comportamientos más responsables.
En eso consiste la lógica del rendir cuentas: al fijar las reglas de juego en campos tan cruciales como la educación, es bueno que quienes tienen la responsabilidad de brindar el servicio no sean quienes fijen las metas ni quienes evalúen los resultados. Si todas esas tareas se ponen en las mismas manos, la tentación de la autocomplacencia puede ser demasiado grande. Y si bien es cierto que cada uno tiene derecho a exigirse tanto como quiera, las cosas cambian cuando estamos utilizando dinero de todos y estamos afectando el futuro de las nuevas generaciones.
El régimen de cogobierno instalado por la nueva Ley convierte a los docentes en sus propios jueces y no les exige rendir cuentas a la sociedad. Eso va contra todo lo que hemos aprendido sobre políticas públicas y diseño institucional.
También va contra las recomendaciones del economista citado más arriba, que no es otro que Adam Smith. Los párrafos citados pertenecen a la "La riqueza de las naciones" y fueron publicados en 1776. La obra de Smith no sólo revolucionó la teoría económica, sino todo el pensamiento social. Pero sus aportes parecen llegar muy lentamente a estas lejanas playas.
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