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JORGE ABBONDANZA
La vida de hoy está dominada por las góndolas, pero no las que navegan airosamente por el Canal Grande sino las que exhiben productos en el supermercado.
Allí se ubican -ante la mirada extática de la clientela- los altares del siglo XXI y de su religión del consumo, porque la comunión que comparten los feligreses es la de esa iglesia gastronómica que los reúne delante del mostrador de los fiambres o los convoca desde la vitrina de la carnicería.
Esa devoción de multitudes permite que ayer se haya celebrado -como es tradicional- una Navidad digestiva, cuya fuente de inspiración está envuelta en unos vapores que ya no son los del incienso sino los del horno de la cocina y cuyo anuncio universal ya no se imparte por medio de las campanas sino a través de la explosión de los cohetes, que también integran la fiesta con su glorificación del ruido, una práctica que parece formar parte de la educación pirotécnica que los padres le brindan hoy a sus hijos.
Les enseñan cómo encender esos fuegos de artificio, aunque no siempre les enseñan por qué razón (mucho más silenciosa) se celebra la Navidad desde hace dos milenios.
En París, en Madrid y en Nueva York iluminan las avenidas con jubilosos paneles para exaltar el período navideño, pero en esos adornos no hay rastros de espiritualidad y tampoco intenciones sacramentales.
Hay en cambio una maniobra para embellecer el gigantesco operativo comercial que mueve sus engranajes en torno a la ocasión, una pirueta disfrazada de fervores cristianos cuya beatitud se mide, en realidad, por las cifras de ventas.
El control de esos estados de ánimo alrededor de la Navidad -digamos las cosas como son- se ejerce a través de la caja registradora y no de una emoción celebratoria que se evaporó hace mucho tiempo, avasallada por las presiones culinarias, el entusiasmo mercantil y el caudaloso intercambio de los brindis, luego de los cuales no todo el mundo queda sobrio como para honrar el encuentro familiar que tanto se invoca como pretexto.
Cabe reconciliarse empero con una parte de esa caricatura de la liturgia doméstica, cuando se piensa en la inmensa cantidad de gente que obtiene beneficios del mercado navideño, desde los tenderos y las parrilladas hasta los feriantes, las bodegas y hasta los almaceneros.
Esa idea es alentadora, porque al menos permite pensar en una distribución de los dividendos del festejo, como si flotara por encima de su materialismo un poder compensador y hasta una cordura reparadora de los desahogos etílicos.
Pero más allá de los vaivenes de la oferta y la demanda, sería bueno realizar una encuesta para descubrir cuántos congéneres tienen idea de la naturaleza histórica de la fecha, es decir del nacimiento del Niño Dios en medio de la precariedad de un pesebre, de manera de saber si esa referencia ha sobrevivido a los placeres de la mesa y a la carga diluvial de las góndolas, en esta época de galopante ateísmo donde los shopping centers son las verdaderas basílicas del culto popular.
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