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Gustavo Penadés
En pocos días más estaremos celebrando la Navidad.
Alejada del significado religioso que le diera origen, se transformó en una fiesta de las familias, y así lo señala el calendario.
En toda familia siempre hay problemas. Son inexistentes las ideales en las que todo es miel sobre hojuelas; y, la verdad es que, si ellas existieran, bastante empalagosas serían. Odios y amores, conforman en realidad el universo de las familias.
Análogamente, los países y las naciones, que no son otra cosa que familias de familias, experimentan lo mismo aunque en grado diferente: antagonismos, amores, caprichos, intolerancia, magnanimidad, abnegación. Las virtudes y defectos en que los seres humanos solemos incurrir manifestándose en un escenario más grande y con efectos por cierto mayores.
Lo importante es que pese a todo, y al igual que lo que sucede en las familias, los sentimientos positivos se impongan, que el perdón prevalezca por sobre la ofensa y, aunque más no sea, se tenga el convencimiento que se forma parte de un algo superior, de una nación, de un pueblo que comparte un destino. Consciencia de ser parte indisoluble de una nación, de un pueblo que es más que la sumatoria de seres individuales. Que existe un Bien Común que es también más que la sumatoria de los "bienes" particulares.
Y, es en referencia a estas últimas afirmaciones que advertiremos que nuestro país tiene un problema. Fue abandonada hace muchísimos años la prédica de que éramos un pueblo que luchó y había ganado su libertad y que forjaba su destino en una línea de progreso constante. Pueblo en el que existían y coexistían visones diferentes de cómo hacer las cosas pero que, pese a todo, se trabajaba por el Bien, sin que a nadie se le ocurriera afirmar que el otro actuaba por fines espurios; que su accionar obedeciera a un ánimo de perjudicar a la comunidad.
Hoy constatamos una prédica diferente. La predica de que existen "los otros" que buscan el mal, que actúan impulsados por oscuros e inconfesables intereses, y que por tanto son acreedores al escarnio y odio público. División profunda, que no encono pasajero, que a nada bueno conduce, ya que si no partimos de la buena fe del otro, escasos serán los puntos de encuentro posible.
Mas la división no es sólo mental, cultural. Es también social. Muchos uruguayos viven excluidos como fruto de un proceso en el que lo económico es importante aunque no principal. Esta es una herida ante la que no cabe más la indiferencia, ni las recetas del vademécum de la ortodoxia nacional e internacional que sustancialmente nada ha modificado.
Nuestra nacionalidad nació y se forjó en la lucha por superar los obstáculos, por dar siempre un paso más. Así como las muertes en el Cardal no fueron en vano y los orientales se enorgullecieron de ser artífices de la derrota inglesa; así como el Éxodo significó que valía la pena abandonar todo por la causa.
Es aquel espíritu el que necesitamos retomar. El de sentirnos parte de una proceso que ya no es un Éxodo en lo material sino que debe serlo en lo espiritual, para que todos asumamos que entre orientales cabe el disenso, pero no hay enemigos, y que, si no es unidos en una esperanza común, no hay destino posible.
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