|
||||||||
Carlos MAggi
Cuando José Pedro Barrán impuso con audacia, que los estudiantes de todas las edades estudiaran la historia hasta nuestros días, hubo resistencia. Mucha gente muy inteligente prefería hacer la autopsia de los tiempos lejanos, en vez de aclarar qué pasó recién y está vivo en el interés de los estudiantes.
Las polémicas históricas enseñan dos veces: hacen saber de un modo o de otro lo que acaba de suceder y hacen saber que se puede disentir o barajar ideas; y aún quedarse con cierta perplejidad.
Para integrar la ciudadanía de una república democrática, lo primero es el respeto a la variedad de opiniones o, más a fondo, a la multitud de concepciones del mundo, que pueden convivir en paz. En este punto preciso se da o se niega la laicidad, la preciosa forma de la tolerancia: pensar y ser de un modo y admitir que otro piense y sea de otro modo.
Sobre esta base humanística, propuse que cada maestrito escribiera su librito. Pensé: será bueno si se produce una profusa controversia; cada lector sacará sus conclusiones.
Eso determinó que yo escribiera, moralmente obligado, lo que nunca supuse que iba a escribir: una serie de textos de historia para escolares cuyo relato llegara a nuestros días. Y aprendí mucho, al simplificar los hitos principales hasta dejarlos en los huesos y mostrando sus valores, según exigen los programas de enseñanza primaria.
Como era previsible, grandes autores también se abocaron a relatar la historia uruguaya en la segunda mitad del siglo pasado, cuando tuvimos guerra y dictadura. Tengo leídos con cierto cuidado, cuatro títulos que abarcan 2.370 páginas.
Hebert Gatto escribió en el 2004, "El cielo por asalto", un ensayo brillante sobre el Movimiento de Liberación Nacional (tupamaros) y la izquierda uruguaya.
Gerardo Caetano y José Rilla, publicaron en el 2005, una monumental "Historia contemporánea del Uruguay", donde dedican 200 páginas a la historia reciente.
En el 2008, Lincoln Maiztegui editó el tomo cuatro de su obra magna, "Orientales", que abarca de 1972 a 1985 (923 páginas).
Más recientemente, Julio María Sanguinetti, historiador, testigo presencial y actor en muchos de los episodios de ese período, presentó a principios de este mes: "La agonía de una democracia", el proceso de la caída de las instituciones en el Uruguay (1963-1973).
Se trata de una obra excelente, escrita desde una biografía y un punto de vista únicos. En la contratapa puede leerse una síntesis:
"En el escenario mundial de la guerra fría, el pueblo uruguayo se deslizará hacia un enfrentamiento al que nadie será ajeno. La irrupción militar es el último acto de esta tragedia que abrirá el amplio espacio histórico de otra, una dictadura que ocupará una década; ella no se explica, sin embargo, sin la aparición anterior de la guerrilla.
En esta dialéctica de la fuerza se perderá primero la tolerancia y luego la libertad".
Sobre las fechas precisas y el modo en el cual la guerrilla tupamara estableció la violencia en el Uruguay, el inventario que hace Sanguinetti, resulta terminante.
El libro apunta fielmente miles de hechos incontrovertibles siguiendo los cuales se entra en un gran incendio; es el recorrido de una guerra civil.
El segundo tema, la derrota tupamara y después la irrupción militar, resulta más dramático y más original.
Sanguinetti cuenta desde adentro, los actos políticos y sus entretelones, la lucha por mantener la Constitución, frente al avasallante ataque de los militares dispuestos a tomar el poder.
"El autor, todavía ministro de Cultura (es el modo mediante el cual Sanguinetti habla de sí mismo) le escribe una carta personal al Presidente" (Bordaberry):
"El pueblo quiere saber, no pierdas su confianza. Y no pierdas la de todos los que estamos dispuestos a jugarnos todo, por un gobierno en la plenitud de su goce y no, una cojitranca autoridad compartida. Frondizi nunca supo el apoyo que hubiera obtenido de haberse jugado a ese apoyo; y lo fue perdiendo progresivamente. Así te pasará a ti, inevitablemente, si las cosas siguen así. Hoy saldrás, pero la semana que viene cederás otro tramo. Comprende que no te basta con cambiar piezas; eso ya se gastó con Magnani y con Legnani. Como se gasta ahora, rápidamente, salvo que los que vienen no deseen otra cosa que subordinarse. Solo una apertura política de base amplia, con movilización popular, puede romper el proceso; si no seguirá como hasta ahora y el día que quieras jugar tu carta personal, ya será tarde".
La lucidez de Sanguinetti para ver la encrucijada de Bordaberry es fulgurante. La solución que propone, en cambio, adolece de un espejismo, que le viene de mucho antes. Sanguinetti piensa que Bordaberry pudo actuar como hubiera actuado Sanguinetti.
Conviene tomar el hilo desde 1951. Martínez Trueba liquida al Partido Colorado, con la vuelta al colegiado; había hecho imposible que el gobierno, fuera cual fuera, gobernara con la rapidez y la coherencia de un presidente.
Luis Batlle pierde las elecciones de 1958.
Gobierna el herrerismo y pierde las elecciones.
Gobierna la UBD y se reforma la Constitución.
A la ola de bronca juvenil que cubrió el planeta después de la guerra 39-45 (peludos con rencor hacia el pasado o recordando con ira, hippies y sus derivados, Nanterre, la revolución cubana), el Uruguay agregó una seguidilla de gobiernos deliberantes y nada ejecutivos.
Cuando fue electo Gestido (1966, vuelta a tener Presidente) la olla hervía. El día feliz cuando recibe la banda que lo consagra presidente de la República, Gestido dice sombríamente:
-"Si el pueblo uruguayo no toma conciencia de sus responsabilidades, sino toma conciencia de que no hay organización jurídica ni sistema de represión por brutal que sea, que pueda sustituir a una sociedad que no está dispuesta a coexistir pacíficamente, como una sociedad civilizada, entonces todos nosotros y desde ya, debemos saber que no hay salvación posible."
Durante el gobierno de Pacheco la guerra tuvo caracteres brutales.
Llegan las elecciones de 1971 y nadie en los partidos tradicionales cobra conciencia del grado de escepticismo que han sembrado los gobiernos insuficientes y la guerra interna. También la confianza pública había sido dinamitada.
La impresentable candidatura de Bordaberry fue el golpe de gracia. Sobre este punto no tengo ningún peligro de ser anacrónico. Viví un dilema doloroso al dejar de votar a mis amigos más queridos, con tal de no acumular votos para Bordaberry.
Aconsejarle a un Presidente ultra conservador, una apertura política de base amplia, con movilización popular, era pedirle peras al olmo.
Por fin, cuando los militares ya han violado la Constitución en forma reiterada, Bordaberry llama a la gente para que defienda su investidura y la televisión muestra una plaza Independencia más grande que nunca, vacía por unanimidad; un plebiscito visual. El golpe de Estado fue consagrado en ese repudio terrible. Nadie quiso nunca nada del señor Bordaberry. En un momento que no admitía errores, el Partido Colorado había elegido mal su candidato.
Por supuesto, estas observaciones no disminuyen el valor del libro, sin cuya lectura no puede encararse el estudio de la historia reciente.
| « volver |
GUSTAVO TRINIDAD El miedo, la violencia y la inseguridad están generando casos de personas inocentes que son brutalmente ...
El buque rápido más grande y más veloz del mundo llegó ayer al puerto de Montevideo con más de 1.000 pasajeros a bordo. Se trata ...
La ministra del Interior aclaró que ellos simplemente sugirieron que el partido de Peñarol - Danubio se juegue en el Estadio ...
Más de un centenar de médicos y funcionarios renunciaron a sus cargos en el Casmu en las últimas semanas. Ayer no hubo acuerdo en ...
Un proyecto del Poder Ejecutivo contra el lavado de dinero y el financiamiento del terrorismo crea la figura del "agente ...