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JORGE ABBONDANZA
Hay artes que van perdiéndose en este mundo. Una de ellas es el arte de hablar, no sólo porque cada día se dispone de menos tiempo para mantener una charla distendida, sino porque los profesionales de ese arte verbal no siempre emiten los sonidos como deberían. Algunos informativistas de televisión, por ejemplo, bajan la voz al final de las frases impidiendo que el público al que dirigen su discurso pueda entender esas últimas palabras, donde suele ubicarse el nombre y apellido del personaje al que refiere la noticia o el sitio en que ella se localiza. Aparentemente, esos informativistas -que se ganan la vida mediante el empleo de la palabra hablada- no han concurrido a una escuela de foniatría ni saben controlar el aire de sus pulmones, como para que el final del texto que emiten sea igualmente claro que el comienzo. Y eso que en la actualidad existen abundantes cursos especializados, tanto en periodismo oral como escrito. Conviene reconocer que hay honorables excepciones al respecto, que son las de gente que habla con nitidez ejemplar, pero en unos cuantos casos (no sólo uruguayos) esa tendencia a borronear el final estropea la comunicación, de la que tanto se envanecen quienes gustan definirse como comunicadores.
Otro arte que se evapora gradualmente es el de la divulgación de actividades culturales. Hace algunas décadas, los comunicados de prensa que llegaban a los diarios o las radios desde un grupo teatral, una empresa cinematográfica, una galería de arte o un organismo público del ramo, estaban tan bien escritos y eran tan esclarecedores que podían publicarse sin modificaciones. Últimamente, en esta época que camina hacia la decrepitud en el manejo del idioma, los disparates ortográficos, la falta de datos o la penuria en el campo de la gramática y la sintaxis han desembocado en otra forma de la incomunicación, por no hablar de las instituciones oficiales que disponen de una legión de funcionarios rentados y sin embargo suelen omitir casi todo comunicado sobre sus programas de actividades, extremo en el cual ya no se trata de textos defectuosos sino de una ausencia de los mismos, a pesar de que existen las nuevas comodidades del correo electrónico.
La antigua formalidad que consistía en transmitir ordenadamente a los medios periodísticos lo que iba a ocurrir, cuándo iba a tener lugar y dónde se realizaría, también está agonizando. El arte de informar se ha descuidado hasta el límite de no mencionar en un texto la fecha del acontecimiento al que se alude por anticipado. Hace algunos días, una larga nota publicada en un diario montevideano sobre la Noche de las Luces, se extendía en pormenores de esa fiesta popular, pero omitía toda referencia al día en que iba a producirse. Ese tropiezo, igual que otros salteos similares, es la consecuencia de una falta de formación, de empeño profesional y de rigor que integra el lento pero inexorable proceso de desculturización que afecta a este país, aunque también a otros que no andan lejos. Antes había más esmero y seguramente más responsabilidad en la materia, a pesar de que no existía ninguna de las cátedras de Ciencias de la Comunicación que se encuentran hoy a mano de cualquier aspirante a mejorar su oficio en estas áreas. Casi todo tiempo pasado fue mejor.
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