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Luciano Álvarez
Durante el largo invierno berlinés de 1884-85, la mayor parte de los estados europeos negoció el reparto colonial del África; 30 años más tarde el Continente estaba casi totalmente en manos de Francia y el Reino Unido; el enorme Congo era una propiedad privada del rey de los belgas; portugueses y alemanes tenían algunas posesiones.
La aventura colonial europea fertilizó como nunca la imaginación de los occidentales con sus historias de exploradores, religiosos y aventureros. Su legado narrativo es tan largo como ancho: incluye las abnegaciones del Dr. Schweitzer y la gran ensalada sico-sociológica de Tarzán, los oscuros relatos de Conrad y las compadradas de Hemingway, numen inspirador del África romántica producida en Hollywood, hasta hoy.
El 10 de noviembre de 1871, en Ujiji, una localidad sobre la orilla oriental del lago Tanganyika se produjo uno de esos momentos que fijan los mecanismos del gran relato colonial. Fue cuando el joven periodista Henry Morton Stanley pronunció un largamente ensayado saludo: "Dr. Livingstone I presume?".
David Livingstone era un médico, explorador y misionero escocés, síntesis y metonimia de los británicos de la revolución industrial y el imperialismo colonial.
Nació en Blantyre (Escocia) el 19 de marzo de 1813. Su padre, Neil, un hombre piadoso, era vendedor de té ambulante, un buen oficio para colocar sus prospectos religiosos de puerta en puerta, no para alimentar a una familia de cinco hijos.
Los Livingstone vivían en una mínima vivienda de quince metros cuadrados. Los tres hijos varones trabajan en una hilandería, corriendo entre las máquinas y empalmando los hilos a punto de romperse, toda una prueba de agilidad y resistencia para caminar o arrastrarse en un ir y venir calculado en unos treinta kilómetros diarios.
Para los niños Livingstone, como para millones de su clase, la infancia era solo un nombre sin contenido. Son obreros seis días por semana, catorce horas al día. Pero David es diferente. A las 8 de la noche, sale del hilado para la escuela.
Mientras la casi totalidad de sus camaradas seguirán siendo analfabetos, David, serio y determinado hasta la obsesión llegará a la Universidad, con 23 años, para estudiar medicina. Le ha prometido a su padre que será médico misionero en África.
En Glasgow, David Livingstone adquiere durante dos escasos años los rudimentos de una medicina básica. Luego viaja a Londres para preparar su segunda profesión: se inscribe en la London Missionary Society. Hasta los profesores se burlan de este rústico escocés. Un día se enamora de una mujer pero ésta se casa con otro; cuando debe pronunciar su primer sermón se queda en blanco y no tiene mejor idea que salir corriendo de la iglesia. Era tan tenaz, corajudo y resistente como intolerante, estrecho y arrogante, escribió su biógrafo Tim Jeal.
En diciembre de 1840, parte para el África, tiene 28 años. Allí, el misionero sin elocuencia, incapaz de predicar, el médico con mínimos conocimientos, cumplirá con creces su aspirado destino.
El misántropo encuentra una mujer, Mary, que le da tres niños. En la relación desigual con los africanos, se descubre capaz de una ausencia de prejuicios, de una suavidad que nunca ha podido expresar en su país. Su trabajo como misionero y médico y su lucha contra la esclavitud son admirables.
Los continuos desplazamientos van convirtiendo poco a poco al misionero en explorador.
Livingstone hace tres grandes viajes. El primero le vale la celebridad. Atraviesa el continente de Este a Oeste. El 17 de noviembre de 1855 percibe a varios kilómetros de distancia, inmensas columnas de humo "harían pensar en uno de esos incendios de vastas extensiones de pastos que se ven con frecuencia en África", escribió.
Se trataba de los vapores generados por las prodigiosas cataratas a las que llamó, obviamente, Victoria, en honor a la reina.
Descendiendo a lo largo del río Zambeze, alcanzó el Océano Índico en mayo de 1856. Su vuelta en Londres es triunfal. Sus compromisos cristianos y su lucha contra la trata de los esclavos le valen un inmenso renombre.
En 1858 regresó a África, con el título de cónsul de la región de Zambeze, y exploró una vez más el curso inferior del río. Remontando luego uno de sus afluentes, el Shire, alcanzó el lago Nyasa (16 de septiembre de 1859).
Pero este segundo viaje terminó en fracaso y la prensa británica lo acusó de responsabilidad en la muerte de numerosos miembros de la expedición, incluida su mujer.
En 1866, se dirige, una tercera vez, hacia el corazón del continente para aclarar el último gran enigma de la exploración: el misterio de las fuentes del Nilo: una montaña dónde supuestamente nacían todos los grandes ríos del África oriental. Luego se perdieron sus rastros, hasta que el director del New York Herald organizó una expedición confiada al periodista Stanley.
Luego de cinco meses de búsqueda se produce el encuentro, se pronuncia la frase célebre, se establece una breve corriente de simpatía entre ambos hombres, planean algunas expediciones, pero Stanley no logra convencer a Livingstone de regresar a Europa.
Trece meses más tarde, en enero de 1873, al Sur del lago Bangweulu, hoy en Zambia, David Livingstone deambula por pantanos, en plena temporada de lluvias, incapaz de tenerse sobre sus pies destrozados de úlceras, prosigue su búsqueda de las fuentes del Nilo.
En su somero equipaje guarda prolijamente el texto del despacho que ya preparó para el Ministro de Asuntos Exteriores, en el que solamente la fecha permanece en blanco: "Tengo el placer de anunciar a Su Excelencia que finalmente conseguí alcanzar (…) las cuatro fuentes mencionadas por Herodoto, el padre de la historia".
Pero su referencia principal no es Herodoto, es la Biblia.
Ve señales en las Escrituras, mientras rechaza las medidas de altitud, las relaciones, los testimonios de todos quienes le dicen que se encuentra en la cuenca del Congo. Avanza aún, llevado por sus hombres con medio cuerpo en el barro de los pantanos, con su gorra de oficial de marina, tras un objetivo que nadie comprende ya; ni sus portadores negros, ni seguramente él mismo.
Todo el equipaje está empapado, hace tiempo que se mató al último ternero y ahora están reducidos a comer raíces. La diarrea lo destruye, sufre de disentería, de neumonía. A veces intenta caminar, sostenido por un portador, pero se desmaya al cabo de algunos pasos.
En medio de tanto infortunio, David Livingstone tiene ánimos para escribir en su diario:
"Mientras que estaba sentado bajo la lluvia vi una pequeña rana de una media pulgada, que saltó sobre una hoja y comenzó a cantar, tan fuerte como un pájaro, pero con una hermosa suavidad; era sorprendente oír tal música salir de un tan pequeño músico."
El 1 de mayo de 1873, a pocos días de cumplir 60 años, la suma de sus males termina con Livingstone. Al amanecer lo encuentran muerto junto a su cama. Estaba de rodillas, como si estuviera rezando.
Su cadáver fue trasladado a Inglaterra y enterrado en la Abadía de Westminster.
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