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Sábado 20.12.2008, 23:36 hs l Montevideo, Uruguay
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Nacional

Blanquita Aguirre, 1998-2008

Increíblemente, hoy se cumplen diez años de la muerte de Blanquita Aguirre, pero ese tiempo es lo de menos. Porque con los seres dotados de notable calidez ocurre algo extraño. Su muerte no los aleja como sucede con la desaparición de todos los demás, sino que su recuerdo queda fijo, apegado a la última vez que los vimos, igual que si el paso de los años se inmovilizara, remitiéndonos una y otra vez a la memoria invicta que guardamos de ellos. La mejor prueba de la calidad personal que tenía Blanquita es la huella que dejó en quienes la querían, no sólo en su familia -que está ante todo en la preservación de ese recuerdo- sino también en los amigos y compañeros a quienes otorgó el privilegio de su extraordinaria afectuosidad, un rasgo doblemente valioso porque no se borra. Por ello estos diez años son como un instante que vincula los adioses de fines de 1998 con la imagen intacta que conservan de ella en 2008 todos los que tuvieron la buena suerte de conocerla.

Una buena suerte discreta, si se quiere, porque Blanquita sabía ejercitar el verdadero encanto de un perfil bajo y la ventaja que una sonrisa y una palabra cordial pueden tener sobre cualquier otro gesto de reconocimiento o de simpatía. Fue una mujer deliciosa, y además una delicia como hija, hermana, esposa, madre y (sí señor) también como colega en este diario, al que dedicó buena parte de su empeño profesional y su entusiasmo. A pesar de que una ausencia es algo irreparable, volver a hablar de ella a diez años de su muerte no es una fuente de pesar sino de saludable desahogo. Porque esa es la emoción que corresponde ante una imagen que ha seguido tan presente y tan viva hasta el día de hoy.

El País Digital

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