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REBAR
Creo que empezamos a ser injustos con Nicolás Sarkozy, aquellos que nos colgamos de cualquier chisme relacionado con su vida privada, y nos balanceamos cargándolo por su cartel de galán incurable (que, para muchos, desmerece su imagen presidencial) concediéndole al rumor dimensión de cosa nunca vista en el Palacio del Elíseo. Basta que le dé una suave palmadita, a modo de saludo, a la canciller alemana, en lo que le quede más a mano, para que el amistoso gesto sea comentado como un acto de acoso sexual. Hubo también, alguna vez, un fotógrafo que sorprendió al "Nico" en estado de éxtasis, mientras observaba el escote de la novia de Leonardo DiCaprio, y armó una de escándalo...
¡Pobre Sarkozy! Estamos dándole con todo, olvidándonos del libro "Sexus politicus", que hace algún tiempo fue best-seller en Francia, y sacó trapitos al sol de los bulevares, describiendo aventuras de famosos gobernantes en rincones privadísimos del mapa galo. Sus autores (un par de Christophe, Dubois y Deloire) advirtieron en el prólogo que no todo lo escrito tiene el respaldo de una documentación amplia, seria y contundente: pero, asimismo manifestaron que ofrece al lector una buena cuota de autenticidad. Esto les alcanza para convencernos de que en Francia, un político exitoso es, por historia, un seductor: el sexo -subrayan- es un imperativo cívico.
Recuerdan el caso de Edgar Faure -que fuera premier en los `50 del siglo pasado- que llegó a confesar -sin que se le moviera un solo pelo del bigote- que... "cuando yo era ministro, algunas mujeres se me resistían: una vez que me convertí en presidente, ni una sola". Murió a las puertas de los 80 años, abrazado a la sábana -digo, a la bandera- en un lecho prestado por una amiga en régimen de tiempo compartido.
Otro que no se preocupaba por estadísticas prolijas que detallaran sus fervores amatorios, y prefería globalizarlos en una sola cifra aproximada, fue Giscard D`Estaing. Se declaró enamorado de 17 millones de mujeres, que acudían a sus actos políticos cuando se postulaba para la presidencia. Al asumir ésta, empezó a conocerlas de cerca... y con muchas de ellas hizo canje de oratorias. La nómina se amplía y enriquece con Chirac, Mitterrand, y otros coristas de la misma troupe.
Parecería que únicamente De Gaulle salva con buena nota el examen de conducta ante el Tribunal de la Historia. Se dice que sólo una vez se apartó del repertorio que entonaba a dúo con su distinguida esposa, en actuaciones rígidamente quincenales: una noche la despertó y, discretamente, le preguntó casi rogando: "Querida... ¿podrías adelantarme una quincena?"
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