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Juan Martín Posadas
La discusión de la ley de enseñanza terminó a las trompadas. Todo el país lo vio por televisión; no hay nada que agregar. Quiero reflexionar sobre algo más grave -si cabe- en su trámite en la Cámara de Diputados.
La prensa recogió pormenores de la discusión. El diputado Heber Clavijo (MPP) increpó a la diputada Alicia Pintos (PC) en estos términos: "¡Sos una atrevida! Nosotros hicimos un gran esfuerzo y con esto nos pagan. Nosotros tenemos más muertos que ustedes". Si el lector no puede dar crédito a lo que está leyendo le confieso que me pasó lo mismo. ¡El argumento para aprobar (o rechazar, lo mismo da) un proyecto de ley es el número de muertos! Esa contabilidad es lo que da autoridad para señalar cómo votar. Autoridad irrecusable. Nada de traer argumentos de orden pedagógico. ¿Para qué si tenemos los muertos?
Quiero ubicar la reflexión en un nivel de máxima honestidad. Desde ese punto recorro en mi memoria una lista de nombres, más larga de lo que hubiera deseado, de legisladores ineptos, tanto en legislaturas recientes como en antiguas, tanto de otros partidos como del mio; diputados incultos, perezosos, cínicos, mentirosos. En todos los casos creo distinguir alguna versión de astucia primitiva (digna de mejor aplicación, por supuesto) que permitió a esos sujetos destacarse en sus departamentos y llegar a la Cámara. Nunca había visto a alguien que sintiera, íntima y sinceramente, que su sustento político, la autoridad con que cuenta y lo que respalda sus opiniones, proviene de un balance de muertos (tenemos más que ustedes). ¿Cuántos muertos se precisan? ¿Mayoría simple? Es espantoso.
No conozco ni de vista a este diputado. Pienso que no es un anormal. Quiero decir: lo veo como parte de una generación o de una cultura política que ha estructurado su mundo interior según esos parámetros. En los ámbitos donde se ha formado no se sopesan argumentos o razones sino que se esgrimen estadísticas de muertos, torturados o desaparecidos. Y están honestamente convencidos que con eso basta y sobra, que allí están todas las razones y sustentos políticos que necesita para legislar y que quienes presentan argumentos de otro orden andan en disquisiciones superfluas.
La discusión de los méritos de un proyecto de ley cotejando número de muertos en vez de peso de los argumentos es algo doblemente descorazonador. Por un lado, por lo que pueda resultar una ley elaborada sobre esas bases. Pero, por otro -y de esto pienso ocuparme en otra ocasión- porque refleja el peligroso arraigo que ha tomado en nuestro medio y en nuestra cultura el uso político de la victimización y el peso de las tumbas. El grado de sufrimiento padecido -y, en su versión extrema, la tortura y la muerte- pasan a ser certificados de acierto político.
Beatriz Sarlo, distinguida intelectual argentina, lo ha tratado in extenso en su libro "La pasión y la excepción", referido a los Montoneros. Cualquier proyecto político, por descabellado que sea y por evidente que haya sido su fracaso aún para alcanzar las metas locas que se propuso, pasa a ser una gesta heroica si en ella encuentran la muerte sus principales propulsores. ¡Terrible!
Ni el sacrificio más extremo y desinteresado ni la muerte garantizan nada ¡como si la humanidad no hubiera conocido toda suerte de locos que quemaron literalmente sus vidas en pos de causas dañinas y extraviadas! Se ha hecho lugar entre nosotros una cultura política necrológica, un luto legitimador. Hay que estudiar esto.
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