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JORGE ABBONDANZA
Nadie conoce a Martha Craw-ford. Pero alguna gente la recuerda por el nombre que utilizó en su vida mundana, Sunny von Bülow. Esa mujer, que murió el sábado 6 a los 76 años, era la heredera norteamericana de una gran fortuna, se casó en primeras nupcias con el príncipe austríaco Alfred von Auersperg, tuvo con él dos hijos, se divorció y volvió a casarse con un elegante aventurero de nacionalidad británica y origen dinamarqués llamado Claus von Bülow. Rica pero desdichada, Sunny no sólo era etílica y depresiva, sino además diabética. El 21 de diciembre de 1980 entró en coma y no salió de esa condición durante los 28 años siguientes, período en el cual Bülow se divorció y enfrentó dos juicios por sospecha de haber intentado asesinar a su mujer con ayuda de sobredosis de insulina. Los principales acusadores de su padrastro fueron los hijos de Sunny, que parecían tener razones para dudar de él.
El primer juicio lo condenó a 30 años de cárcel, pero el segundo -con ayuda de un abogado magistral- lo absolvió de toda culpa en 1985, con lo cual disfruta desde entonces de los gananciales obtenidos durante su matrimonio, demostrando hoy a los 86 años cumplidos que era capaz de sobrevivir a su dolorida cónyuge. Esa historia, que parece extraída de las novelas que Henry James y otros coetáneos escribían sobre el casorio de millonarias americanas con aristócratas europeos durante la Belle Epoque, se convirtió en 1990 en una película de calidad (Reversal of Fortune, dir. Barbet Schroeder) llamada en español Mi secreto me condena. El resultado era más interesante y menos folletinesco que ese título, porque contaba la relación de Sunny con su sospechoso marido y las penosas instancias de sus crisis de alcohol y abatimiento, hasta llegar al colapso de 1980, del que la muerte acaba de liberarla con imperdonable demora. Allí Glenn Close tenía uno de sus grandes papeles, con los momentos desgarrados que a ella le gustan, y Jeremy Irons obtuvo un Oscar interpretando a Claus con toda la ambigüedad y la distinción del caso.
El asunto permite reflexionar sobre las ironías de la opulencia, porque Sunny era la dueña de una de las casas más deslumbrantes de Newport (Rhode Island) y había tenido una trayectoria fulgurante en los círculos sociales de ambas veredas del Atlántico, antes de desplomarse en la bebida y el desánimo. Ello demuestra que ciertos brillos no siempre van acompañados del bienestar y de paso confirma que los antiguos maridajes del dólar con los blasones -el de Winaretta Singer, heredera de las máquinas de coser, con el príncipe de Polignac, por ejemplo- seguían vigentes en la década del 60 y el 70 del siglo XX.
La tardía muerte de Sunny habrá golpeado a su ex-marido, que ahora vive en Londres y es el único capaz de saber si aquel intento de asesinato a través de la insulina fue o no fue real. A veces los escándalos de la crónica roja son más truculentos que la ficción, aunque Hollywood se empeñe en demostrar lo contrario.
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