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Sábado 13.12.2008, 15:41 hs l Montevideo, Uruguay
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Editorial


Enfoque

La verdadera laicidad

Ignacio de Posadas

Cada día estoy más convencido de que los problemas cruciales de nuestro país son esencialmente culturales (entendiendo por cultura el bagaje de ideas, valores y sentimientos, compartido por todo o parte de una sociedad).

En el Uruguay conviven dos subculturas, una de las cuales, probablemente mayoritaria o al menos prevalente, incluye una visión del ser humano con elementos muy negativos, cuyas consecuencias explican buena parte de nuestras vidas.

Esa subcultura, con fuerte presencia en el actual gobierno, en el Estado y en las corporaciones (empezando por el establishment educativo público) hunde sus raíces en el llamado Segundo Batllismo del cual, a su vez, la izquierda uruguaya es hija directa (con la posible excepción de algunos militantes de origen anarco).

La piedra angular de esta cultura es una concepción de la laicidad (o el laicismo) de cuño libre-pensador-francés, profundamente negativa, dogmática, excluyente y hasta agresiva.

En nuestro país el laicismo es una de las vacas sagradas del panteón nacional, personificada en el numen tutelar de la educación pública, José Pedro Varela, rica combinación que pone al tema fuera de toda posibilidad de discusión: tildar algo de violatorio de la constitución es declararlo anatema.

Pero hete aquí, que entre el concepto "oficial" de laicidad y el pensamiento de Varela, hay bastante poco en común.

Así que, una de dos, o bajamos a Varela del panteón nacional, o abandonamos el laicismo carbonario que le hemos colgado del pescuezo (y que tanto daño ha hecho al país).

En el Capítulo XI de "La Educación del Pueblo", Varela (que siguió el modelo americano, estudiado in situ), dice expresamente que su concepción de la educación es no sectaria ("un-sectarian") pero no "godless" ("... no pertenece exclusivamente a ninguna secta y por la misma razón, no es atea, ya que el ateísmo es también una doctrina religiosa, por más absurda que pueda considerarse").

En definitiva, la concepción de Varela no es la ausencia (impuesta, obligada) de religiosidad, sino lo que hoy llamamos, pluralismo.

Varela no concebía que se pudiera educar haciendo abstracción forzosa de la dimensión religiosa (cuanto más espiritual) del hombre.

En el capítulo referido, Varela cita el texto de un proyecto de Ley presentado en el parlamento holandés: "La instrucción debe servir para desarrollar los sentimientos morales y religiosos".

Al instructor laico le corresponde, según Varela, desarrollar "Los principios religiosos comunes a todas las creencias" y los locales públicos de enseñanza deben estar disponibles para la enseñanza de la religión, a cargo de "los Ministros del culto". ¿Qué tal?

Nada más alejado de las posiciones culturales que se aplican hoy en nuestro país: Dios no puede tener existencia pública y hay que abstenerse de todo lo que pueda significar la consideración de una dimensión trascendental o espiritual en el ser humano.

La libertad y el pluralismo deben parar allí donde empieza la inquietud sobrenatural o religiosa. La libertad como relativismo sí, como pluralismo no.

De ahí al positivismo y al agnosticismo como premisas educativas hay un paso. La negociación activa abarcará también la concepción de un orden natural y por ende de un derecho natural.

Inevitablemente, las premisas llevan a conclusiones: el hombre, reducido a una existencia funcional, desprovista de verdades absolutas en las que pueda apoyarse, dejará de ser la unidad moral básica en cualquier estructura de poder y su libertad es relegada a un segundo plano.

Peor aún, debe evitarse que el ser humano se desarrolle ejerciendo su libertad.

De esa matriz cultural se siguen:

- Desconfianza por la iniciativa privada.

- Subsumir la libertad al iluminismo burocrático, a la igualdad material y últimamente, al corporativismo (nueva expresión de la categoría de la clase marxista).

- Concebir la propiedad como despojo; la seguridad como un privilegio, la autoridad como algo despótico y la igualdad material como el valor máximo de una sociedad.

Las consecuencias últimas son el empequeñecimiento del ser humano, de su potencial y sus aspiraciones (no hablemos de ambiciones); el estancamiento (no sólo económico) la cultura, la asfixia, la envidia y para quienes no toleran esta cultura, la emigración.

El País Digital

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