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Pegarle a Brasil. Esa parece ser la consigna actual en el panorama político latinoamericano, luego de que una serie de incidentes diplomáticos y económicos, han puesto a la mayor potencia del subcontinente a la defensiva y contra las cuerdas.
Los dos episodios más recientes en esta cadena de enfrentamientos regionales, los protagonizaron Ecuador y Paraguay. El gobierno de Quito probablemente haya sido el que más tensó la cuerda, al poner en revisión el pago de 3.860 millones de dólares que debía al Banco de Desarrollo Económico y Social brasileño, alegando irregularidades en la gestación de la misma. El presidente Correa lanzó duros ataques contra la empresa estratégica brasileña, Odebretch, debido a supuestas fallas en una represa que ésta había erigido en Ecuador. La consecuencia fue que Brasil retiró a su embajador, y las relaciones entre ambos países se encuentran calientemente congeladas.
Lo de Paraguay, aunque más medido, va por el mismo camino. El flamante presidente Lugo, ha criticado a Brasil por el manejo de la represa de Itaipú y pretende renegociar el contrato firmado durante el gobierno de Stroessner que claramente es desfavorable para Asunción. Esta central hidroeléctrica es la mayor del mundo, y produce 95.000 gigavatios/hora que se reparten mitad y mitad entre Brasil y Paraguay. Como los paraguayos sólo necesitan el 5% del total, el porcentaje restante de su mitad se lo venden a los brasileños, pero a un precio mucho más bajo que lo dictaría el mercado. Con esta movida, Lugo pretende sumar unos US$ 800 millones al tesoro de su gobierno.
A todo esto hay que sumar los incidentes previos con Bolivia, que en un acto de desafío sin precedentes, llegó a ocupar con el ejército varias instalaciones de Petrobras en aquel país, y los permanentes roces con quien muchos ven como la mano negra detrás de todos estos incidentes: Hugo Chávez.
Ahora bien, ¿es esto tan así? Hay razones para dudarlo. Desde fuera del continente se suele simplificar en demasía la situación política regional, agrupando a los gobiernos casi infantilmente en "bolivarianos" afines a Chávez, y otro grupo de países con regímenes de izquierda "moderada", que aceptan con más docilidad el liderazgo brasileño. Este análisis deja afuera, por un lado, a países como Colombia, que no cabría en ninguna de las dos divisiones, o Argentina, cuya ciclotimia política la hace inclasificable por cualquier sistema conocido.
Asimismo, tienden a llamar "bolivarianos" a países que en los hechos tienen individualidades imposibles de soslayar. Correa, por más que asuma poses parecidas, está lejos de ser un Chávez, y Lugo tampoco parece ser un tirabombas dispuesto a seguir las partituras que le envían de Caracas.
La realidad es que Brasil tradicionalmente ha tenido una relación compleja con sus vecinos, a todos los cuales en algún momento de la historia, ha quitado porciones territoriales, y en muchos casos ha tratado con el desdén de una potencia con sus hermanitos menores. Allí puede estar el origen de muchos de estos problemas. Algo que Lula parece tener asumido, de acuerdo a la tolerancia con la que en general ha asumido estos golpes, si bien el caso ecuatoriano parece haber sido la gota que desbordó el vaso.
Ante esta situación regional compleja, Uruguay debería extremar su "fineza" en materia de relacionamiento con sus vecinos. Hay que tener claro que, por un lado, Brasil necesita de un liderazgo efectivo en la región para poder aspirar al papel de potencia internacional que muchos ya le están asignando en este futuro mundo multipolar que parece augurar la crisis de EE.UU. Por lo tanto, está dispuesto a aceptar planteos y reclamos que en otros momentos serían impensables. Pero por otro, los países sudamericanos, sobre todo los pequeños como Uruguay, necesitan un Brasil sólido, que funcione como locomotora del crecimiento y balanza para la estabilidad en el continente. Sobre todo ante la inminencia de situaciones de crisis en países como Argentina y Venezuela a raíz de su caótico manejo financiero, y la caída de los precios de sus exportaciones.
En tal sentido, se impone ser comprensivo con los planteos de los países pequeños, en el entendido de que en algún momento Uruguay puede necesitar de su solidaridad. Pero también tener claro que un liderazgo inteligente de Brasil es lo más saludable que hoy en día le puede suceder a la región.
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