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Leonardo Guzmán
El 10 de diciembre de 1948 en el Palacio de Chaillot, las Naciones Unidas acuñaron la Declaración Universal de los Derechos del Hombre. El miércoles hará seis décadas.
A tres años y medio de concluida la Guerra Mundial II, los 58 países de aquella ONU inicial condensaron en 30 artículos las metas de la humanidad por sobre yerros, debilidades y transgresiones.
En la pausa de paz entre la caída de Hitler y el inicio de la Guerra Fría, repitieron institucionalmente el gesto tumultuoso de la Revolución Francesa que -agosto de 1789- demolió las crueldades del Antiguo Régimen universalizando los ideales de libertad, igualdad y fraternidad.
La Declaración no se basa en estadísticas ni encuestas. No describe ni diagnostica.
Responde. Mira de frente los horrores y violaciones de la conflagración recién terminada y, tras lo irreversible, proclama, inspira y manda. Afirma normas como imperativos categóricos.
Hubo gobiernos que votaron la Declaración teniendo presos de conciencia y matando opositores. ¿Triunfo de la hipocresía? No. Derrota conceptual, porque quienes amordazaban, perseguían y asesinaban, no lograron proclamar su horror como un ideal. Teorizaron sobre reflejos condicionados, hormigas, abejas y gansos, pero no inventaron ideal más alto que la soberanía del hombre sobre su destino. Llegaron a alzar muros, pero los derribó la piqueta de la libertad.
El Preámbulo de la Declaración sintetiza principios nacidos en la entraña del dolor histórico. Empotra el Derecho en la persona, al considerar que "la libertad, la justicia y la paz tienen por base el reconocimiento de la dignidad intrínseca y de los derechos iguales e inalienables de todos los miembros de la familia humana".
Afirma la capacidad de cambio, al establecer que "el desconocimiento y el menosprecio de los derechos humanos han originado actos de barbarie ultrajantes para la conciencia de la humanidad, y que se ha proclamado, como la aspiración más elevada del hombre, el advenimiento de un mundo en que los seres humanos, liberados del temor y de la miseria, disfruten de la libertad de palabra y de la libertad de creencias". Busca que las instituciones palpiten a la medida del hombre, al mandar que sus derechos "sean protegidos por un régimen de Derecho, a fin de que el hombre no se vea compelido al supremo recurso de la rebelión contra la tiranía y la opresión".
Al hombre no se le violan hoy los derechos sólo en guerras y hambrunas. En el Uruguay, se los atropellan crímenes domésticos, rapiñas y drogadicciones. Hasta aparecen verticalazos subrepticios, como la patochada de impedirle hablar a la abogada jefe del MTOP -Dra. Susana Lorenzo- en la rueda de letrados estatales convocada anteayer por Presidencia. Y hasta se generan contextos donde todos los días se nos rebana la intimidad desde la impersonalidad de "el sistema".
Todo eso merece condena desde la regla de clausura del artículo 30 del texto ya sexagenario: "Nada en esta Declaración podrá interpretarse" para justificar que un Estado, un grupo o una persona realicen "actos tendientes a la supresión de cualquiera de los derechos y libertades proclamados en esta Declaración".
No es cosa, entonces, de sólo estremecernos con el aniversario del mejor proyecto humano del Derecho Internacional, hijo dilecto de la siembra del Uruguay de ayer y mañana.
Además, hay que luchar por él como si todos viviéramos nuestro primer día.
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