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Jueves 04.12.2008, 15:09 hs l Montevideo, Uruguay
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Internacional


La bitácora

Usar lo viejo para construir lo nuevo

CLAUDIO FANTINI

El cambio soy yo". Una respuesta tan concisa y contundente como lo había sido la pregunta del periodista: "¿Cuál es el cambio?" Para muchos, lo que hizo Obama fue trazar en tiempo récord una estratagema para evitar el debate sobre la conformación de su gabinete y la nueva era que había prometido a los norteamericanos. El hecho de que la economía vaya a estar en manos de Geithner y Summers, exponentes de la era Clinton, además de la asesoría que tendrá Volcker, titular de la Reserva Federal con Carter y Reagan, se interpreta como el regreso al liberalismo clintoniano guiado por Robert Rubin, autor de la trilogía equilibrio fiscal, libre comercio y desregulación financiera. Ergo, los que están acusando a Obama de continuista son también los que ven el origen de la actual hecatombe global en las desregulaciones de Bill Clinton.

En todo caso, estos críticos dejan de lado algunas cuestiones no menores; por ejemplo que aquel gobierno demócrata iniciado en plena recesión, dejó una economía en vigoroso crecimiento, revirtiendo en formidable superávit el endémico déficit norteamericano, que se había multiplicado con Reagan y Bush padre.

En la década de 1920, tres gobiernos conservadores consecutivos desembocaron en el Crack del `29. La explicación no está sólo en el libremercadismo a ultranza que practicaron Warren Harding y sus continuadores republicanos Calvin Coolidge y Herbert Hoover, sino en la filosofía política que el primero resumió en la siguiente frase: "menos gobierno en los negocios y más negocios en el gobierno".

El de Bush hijo reinstauró la idea de Harding, retirando el control gubernamental sobre las empresas acrecentando la gravitación de las empresas en el gobierno. Más que el liberalismo de Clinton y Rubin, lo que explica la actual crisis financiera es esa entrega, impulsada por Dick Cheney, de la economía a un grupo de poderosos empresarios para que actúen a su reverendo antojo.

¿Por qué debiera Obama improvisar en plena crisis, en lugar de recurrir a quienes protagonizaron el momento de esplendor económico de la última administración demócrata?

Lo mismo ocurre con las designaciones relacionadas a la política exterior y la seguridad nacional. Para muchos, Hillary como secretaria de Estado implica la capitulación de Obama ante la burocracia partidaria. Peor augurio ven en la confirmación de Robert Gates en el cargo que le dio Bush. Sin embargo, hay tres cosas a tener en cuenta. Obama hereda el estropicio internacional que deja el extremismo "neocon" y lo obliga a recomponer la imagen de los Estados Unidos en el mundo, rehacer las antiguas alianzas que ahora languidecen y reorientar la lucha contra la matriz del ultra-islamismo que está detrás de todos los mega- atentados y masacres terroristas.

Para los dos primeros objetivos, no está mal la esposa del presidente que mejor se relacionó con el mundo en las últimas décadas. En lo demás, el nombramiento de Gates en el gobierno republicano marcó la caída de Rumsfeld y el fracaso de la gravitación de Cheney en la política de seguridad. Y fue precisamente ese ex jefe de la CIA quien, como titular del Pentágono, reformuló la estrategia en Irak y designó al general Petraeus en la planificación del conflicto. Por lo demás, está claro que la nueva estrategia cambió el panorama iraquí. También que Gates y Obama coinciden en que la prioridad de la seguridad nacional pasa por las regiones tribales de la etnia pastún en la frontera afgana-paquistaní.

"El cambio", en este caso, es el final del unilateralismo que inventó guerras para hacer negocios, no la capitulación norteamericana frente al flagelo que atormenta a buena parte del planeta.

El País Digital

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