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Como sentencia un antiguo dicho, "siéntate en el umbral de tu puerta y verás el cadáver de tu enemigo pasar". Algo de esto está ocurriendo con el Frente Amplio. Pero no es la prédica contraria de sus adversarios políticos la que ha deteriorado su aparente solidez inicial. No son las críticas a su gestión las que lo están socavando. Aunque parezca mentira, la colcha de retazos del frenteamplismo se ha ido desflecando gracias a los ataques y acusaciones procedentes de los grupos que la componen. Por ello, no es tanto una guerra externa la que provoca la actual disgregación, sino una inesperada guerra civil la que mina su credibilidad afectando, incluso, a la figura centralizadora del presidente Vázquez.
Sobran ejemplos para ilustrar estas aseveraciones. Quizás el más notorio y paradójico sea el que ofrece el primer mandatario cuando veta una ley aprobada por la mayoría parlamentaria absoluta que tiene el oficialismo. O sea, que el presidente asume el papel de opositor a su propio partido gobernante... Como decía un chusco ante el colapso del sistema soviético: "el marxismo muere de marxismo". ¿Será, éste el fin del frenteamplismo?, aunque, en honor a la verdad, de socialismo el F.A., no tiene nada más que lo declarado en viejos programas, en congresos y en invocaciones retóricas. De todas maneras, se hace alarde de esa etiqueta que, en los tiempos actuales, sólo está asociada a fracasos y a la que, con benevolencia, se le reconoce un pálido prestigio nostálgico.
La ciudadanía uruguaya ya no vive más la época ilusoria que se expresaba en eslóganes como "¡Hermano, no te vayas!" o "¡Ha nacido una esperanza!". Ya no cree ni en los proyectos ni en las promesas que emanaron de un partido de izquierda que nunca fue fiel a la palabra empeñada. En lo único que el Frente Amplio actuó en consonancia con lo que cualquier observador podía esperar de parte de una agrupación marxista fue en que aumentó, en forma incontrolable, el poder estatal y, por ende, la cuantía y los privilegios del aparato burocrático.
Uno y otro, caras de una misma moneda, fueron definidos sagazmente por Karl Popper como "dos déspotas de bolsillo". Es que, obviamente, si el Estado interviene en todo, si reglamenta las actividades más diversas, si controla la educación, si censura a la prensa, si es árbitro supremo de cuanto ocurre en el país, entonces, el Estado será omnipresente y contará con una enorme burocracia a su servicio que absorberá múltiples funciones pero trabará desarrollos y -no se sabe qué es peor- será la beneficiaria de la cada vez más pesada carga tributaria. A medida que crece el Estado, se debilitan las libertades.
Resultará vano el intento de ocultar o disfrazar esta realidad. El Estado constituye un mal necesario -representa el orden, garantiza los derechos, fiscaliza, etc.- pero si se hipertrofia, pasa a ser un enemigo de las libertades. ¿Es exagerado suponer que el F.A. puede estar intentando recorrer este camino indeseable para nuestro estilo de vida democrático?
Hay demasiados indicios que avalan esta sospecha que recae, principalmente, sobre los sectores más radicalizados de esa coalición política. Como uruguayos, estamos acostumbrados a que la táctica propagandística de los sectores fundamentalistas de la izquierda endilgue, a quienes no compartimos sus puntos de vista arcaicos y anacrónicos, toda clase de rótulos descalificantes. Así, a su entender, somos, según las circunstancias, fachos, imperialistas, cipayos, retrógrados, reaccionarios, conservadores o neoliberales.
Para relativizar un poco esta amplia batería con la que se intenta menoscabar a quienes piensan en forma diferente a la suya, es bueno tener presente que en la actual Rusia, y en los países que fueron satélites forzosos del sistema soviético, los términos derecha e izquierda han adquirido un contenido conceptual -después del derrumbe del socialismo real- muy distinto al que tenían antes del mayor colapso político que registra la historia.
En efecto, en el nuevo lenguaje popular ruso, son derechistas quienes quieren restablecer el antiguo estado de cosas "socialistas". Es decir, son los partidarios del perecido régimen totalitario soviético.
En cambio, son izquierdistas quienes bregan por un cambio social y político profundo y democrático, afiliado a la economía de mercado de corte capitalista. ¿A cuál de estas dos posiciones se afiliaría el Frente Amplio?
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