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Juan Martín Posadas
El 27 de noviembre se cumplió un aniversario memorable para el Uruguay. En esa fecha de 1983 tuvo lugar el acto del Obelisco, en el cual, bajo el lema "Por un Uruguay sin exclusiones" los orientales recuperamos un espacio de dignidad que durante demasiados años se nos había escamoteado.
Recuerde el lector (porque nos olvidamos con facilidad): vivíamos en un país usurpado, primero por la guerrilla que quiso dar vuelta todo patas arriba sin preguntarnos nuestra opinión, y luego por los militares que quisieron ordenar todo, también sin pedirnos opinión. Esos proyectos de felicidad nacional, impuestos a los golpes y tan sin respeto por la opinión de aquellos de cuya felicidad se trataba, habían dejado a la gente afuera, a la intemperie, en un país del que no podían ni querían sentirse parte.
En el Obelisco, obedeciendo a un impulso profundo, la gente compareció en masa para volver a ocupar su espacio, un espacio de donde se había sentido por tanto tiempo desalojada.
La gente concurrió espontáneamente para afirmar, por encima de cualquier adhesión partidaria, el sentimiento común de recuperación y reafirmación del país esencial que habían preservado en su fuero íntimo; un país donde cada uno pudiera pensar lo que le diera la gana, decir lo que quisiera, unirse al partido político que prefiriese, cortarse el pelo en la forma que se le antojara, leer los libros que se le cantara y convivir en paz con el vecino que pensaba distinto.
El Uruguay que fue capaz de ese gesto -peligroso en su momento y memorable bajo cualquier punto de vista- no ha sabido conmemorarlo nunca. Es una lástima. Es una falla. No sabemos qué vicisitudes nos pueden sobrevenir en las cuales tendremos que echar mano al recuerdo de lo que fuimos capaces de hacer para poder mantenernos a la altura.
Si el período del autoritarismo fue tan negro y aciago como lo fue, su salida debería celebrarse como una fecha patria. Es sabido que la memoria colectiva de los pueblos se forma y se mantiene en un relato transmitido de generación en generación, no tanto para recuperar objetivamente el pasado sino para afirmarse subjetivamente en su presente.
El pasado ya pasó. Todo pasado queda definitivamente fijado, fue como fue y lo que fue. No obstante ello, el pasado de los pueblos incide en el presente y más aún en su futuro. Es el futuro lo que nos interesa cuando soplamos las brasitas del pasado. Una de las formas más poderosas en las que el pasado se introduce en el presente de los pueblos es a través del relato que de ese pasado se transmite y se festeja. La fuerza está en el relato: allí está la memoria. Hay que cuidarla. Hay que evitar su apropiación indebida e interesada.
Quiero recuperar hoy la memoria del Obelisco. Si no hubo celebración oficial, si los partidos han perdido el aprecio por conmemorar las gestas que ellos mismos impulsaron... yo no voy a dejar pasar esta fecha sin evocar, con justa emoción, lo que los uruguayos fuimos capaces de hacer por nosotros mismos.
Si no ha habido banderas ni discursos, bueno, ¡que el abuelo se lo cuente a sus nietos! Este pueblo comodón, criado en lo seguro del empleo público y la jubilación, hijo de la cultura mesocrática del Uruguay amortiguador y amortiguado, que en aquel momento estaba avasallado sin miramientos por un poder sin controles, ese, mi amigo, dijo su palabra bajo el sol aquel 27 de noviembre.
Ni me olvido ni dejo que se olvide.
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