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La basura que a diario vemos y olemos, abunda en nuestra ciudad. Son bolsas de plástico, paquetes de cigarrillos vacíos, pañales usados, latas, celofán, cartones, papeles sucios, puchos, restos de comida, vidrios rotos, revistas y diarios viejos, envases, trapos sucios y otros deshechos. Estado de suciedad que aumenta con el trajín de los cirujas quienes después de revolver los contenedores rompen y esparcen el contenido de las bolsas que los vecinos acondicionaron prolijamente. Lo que no les sirve lo dejan al aire libre, en la vía pública o en un baldío próximo, para deleite de las moscas, las ratas y los animales abandonados.
Algunas personas, pacientemente limpian a su alrededor, otras han bajado los brazos. Se han acostumbrado y lo más lamentable es que la falta de cultura ciudadana también se nota en los estamentos más prósperos de nuestra sociedad. ¿Porque cómo es posible que desde la ventana de un lujoso auto se tiren pañuelos descartables, papeles y otros desperdicios y que conductores de ruidosas motos estrellen, contra el cordón de la vereda, botellas de cerveza?
Otra forma de basura, que contamina aunque de manera distinta nuestro ambiente causando molestia, es el ruido. Automóviles, algunos con escape libre y la radio prendida a todo lo que da, agreden al resto de los ciudadanos. En una carta de lectores publicada en estos días, alguien se quejaba desesperadamente, del infierno que soportan durante las noches a causa de las carreras de autos y motos por la rambla, sin que las autoridades detengan el batifondo. Quienes hacen estruendo innecesario, con gran entusiasmo, no parecen darse cuenta, o no les importa, la incomodidad, ni el daño que causan. Clubes, asociaciones de todo tipo, organizan festejos y competencias los fines de semana, cuando el resto del barrio se apresta para gozar de un rato de ocio y paz en su balcón o su jardín. A media mañana, de tarde, de noche, los invaden las ondas sonoras de "música" a todo volumen (sobre todo la percusión), además de la voz dominante del animador, provisto de altoparlante de fuerte potencia, intentando animar a los socios y clientes allí reunidos. Como el ruido harta, la gente de los alrededores tiene que refugiarse en su casa, con las ventanas cerradas, por más calor que haga, para opacar las estridencias externas.
La costumbre de poner música en los "shoppings", restaurantes, supermercados, tiendas, salas de espera, en el Buquebus, y durante eventos, es hoy una imposición y no hay más remedio que soportarlo, quiérase o no. Los que seleccionan los temas musicales tienen su propio gusto y los sujetos pasivos, obligados a escuchar, pueden tener otro. Por ejemplo, preferir lo melódico, algo menos rítmico. Existen expertos que dicen o creen saber que es lo que la gente quiere oír, lo que está en boga y tienen la creencia de que es más "in". Cuanto mayor el estrépito, mejor para pasar el tiempo, mientras mucha gente preferiría poder conversar, pensar, leer, o dormitar, sin estar sometidos a esa continuo fastidio. Los "disc jockey" tienen por lo general, su sistema auditivo dañado a consecuencia de su ocupación; están bastante sordos. No son conscientes del impacto sonoro que imponen a sus escuchas o víctimas. Se sorprenden cuando algún cliente se anima a pedirle que lo bajen. Contestan: -"Si yo apenas la oigo"-. Además, los dueños de las discotecas y bares están de acuerdo con un elevado nivel de ruido. No pueden conversar, salvo gritando y para no aburrirse, beben y si es posible, bailan, sudan, tienen sed, consumen más, quedan aturdidos y el estrépito parecería que les llena un vacío.
Otra lacra es la polución visual. El graffiti con que dañan nuestros monumentos, las paredes de nuestras casas y edificios. Las pintadas con mensajes políticos, o de campaña, que luego de las elecciones quedan per secula seculorum, los carteles publicitarios de todo tipo y tamaño, por todos lados. Y la triste verdad, es que son todos síntomas de un deterioro cultural, frente al que se debe reaccionar. Hace falta despertar. No sólo las autoridades sino la sociedad entera. Padres y abuelos, maestros y sacerdotes, comunicadores sociales y toda persona con ascendencia sobre el prójimo, con ejemplo y prédica, puede contribuir a que se pueda gozar mejor de nuestro medio ambiente, de nuestra amable geografía, de nuestro clima, cambiando ciertos malos hábitos. No tiremos papeles a la calle, no hagamos ruidos molestos. Seamos más cultos.
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