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Sábado 29.11.2008, 16:21 hs l Montevideo, Uruguay
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Editorial


Enfoque

El magisterio de Pivel Devoto

Miguel Carbajal

La única verdad es la realidad, dictaminó Aristóteles mucho antes que los argentinos se la endilgaran a Perón. Pero la realidad es una matriz cambiante cuyos rastros se borran con facilidad. ¿Cuánto tiempo pasó para que se le reconociera a José Artigas su calidad de prócer primario? ¿Cuánto tiempo se lo negó, se lo desconoció y hasta se lo injurió? Y no se habla solo de las visiones porteñas de Mitre y de Vedia. Poco tiempo después que se realizara el Éxodo se habían esfumado sus huellas. El asentamiento en el Ayuí es una elaboración mental casi dos siglos después de su realización. La juventud de un país no facilita la lectura de su pasado.

La escasez de referentes a veces lo perjudica. No bien termina la etapa de la construcción comienza la de la interpretación. Y ahí empiezan a tallar los historiadores. Son los primeros en acceder al texto y se apuran a descifrarlo. De esos apuros, y de las propias particularidades personales, saldarán los primeros escritos que estudian el país como tarea prioritaria. Antes que ellos, conviene anotar, abonaron el terreno los viajeros.

¿Cuándo Uruguay se torna razonablemente visible? La larga lista de historiadores que han operado y operan en el país tiene como figura central un nacionalista confeso -y orgulloso- que la unanimidad de sus colegas reconoce como referente, sin tomar para nada en cuenta su condición de blanco. Esa condición fue fundamental para orquestar su carrera, e instrumentar su visión, pero para nada incidió desde el punto de vista operativo.

Juan E. Pivel Devoto fue un parámetro incontaminado de políticas partidarias. Considerado el padre de la historiografía moderna es una rara avis de la cultura nacional. Se lo reconoce como un autodidacta que logró domar la brutal desconfianza que el mundo académico siente por todo lo que no haya salido de sus filas. A los 30 años, el muchacho nacido en Paysandú en un hogar colorado, que abrazó por decisión personal su entrega al Partido Blanco, logró hacerse respetar sin concesiones por el Uruguay entero: el oficial y también el intelectual, que ocupaba los altos cargos de la Administración Nacional y las otras vertientes por las que transcurre la vida real. Estaba flanqueado por gente cargada de títulos universitarios y prestigio que lo doblaba en edad, sin embargo se inclinaba ante la fuerza de su personalidad y lo profundo de sus conocimientos. Todos ellos cayeron bajo la seducción de un adulto flamante que hacía poco había dejado atrás la adolescencia.

Una inteligencia por encima de lo común y el conocimiento acumulado de un sabio, edificaron una trayectoria de historiador impar. El último libro de José Rilla lo homenajea explícitamente desde sus páginas. Lo mismo han hecho todos sus contemporáneos. En una sociedad donde el peso de las divisas puede ser una carga, a nadie se le ocurrió objetar la condición nacionalista de Pivel, y eso que alcanzó los mayores cargos dentro del Partido. Gonzalo Aguirre, en un texto de despedida, lo describió como "consejero de caudillos y presidentes.

Supo dialogar con hijos de guerreros de la independencia como Eugenio Garzón, con revolucionarios del Quebracho y hasta con la eterna novia de Julio Herrera y Obes". Y a esas alturas, Aguirre proporciona un dato que es medular para entenderlo: "su biblioteca de 37.000 volúmenes y miles de manuscritos", agrega. En una entrevista con Alicia Vidaurreta -que terminó convertida en una especie de libro autobiográfico- Pivel confesaba su ilusión de que toda la acumulación bibliográfica que había hecho en vida no terminara acarreada fuera del país y diseminada entre diferentes manos.

Su deseo no pudo cumplirse, quizá porque tesoros editoriales como el suyo terminan por ser patrimonio de la Humanidad y no hay país, sobre todo si es pobre y pequeño, que pueda albergarlo in totum. Un historiador que solo se basó en documentos probados y chequeados para construir la interpretación del país encontró apoyos sustanciales en el largo tramo que ocupó la dirección del Museo Histórico Nacional, desde 1940 hasta 1982, y sus actuaciones dentro del Archivo Nacional y el Archivo Artigas. Todos ellos contribuyeron a una erudición asombrosa.

Su intimidad con el aparato estatal y un ritmo laboral despiadado lo convirtieron en un factor de poder muy por encima de los altos cargos que ejerció. Su influencia llegaba a todos. Carlos Zubillaga fue de los primeros en subrayar el alcance de su prédica. Estuvo detrás de todas las empresas culturales del país. Según Mena Segarra, fuera de sus asombrosas dotes personales, su contribución historiográfica se detecta no solo en lo que fue su manera de ver el país, y explicarlo. Metodológicamente estableció los conceptos de caudillos y de doctores, el americanismo y el europeísmo y tuvo, sobre todo, el objetivo medular de buscar la concordia nacional. Fue así como visualizó el país y como lo hizo posible.

El País Digital

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